Capítulo 70
Ahora volved a aplaudir
«No hay nadie más cobarde que aquel que sabe qué es lo más correcto y no lo hace» (Confucio)
Hoy al despertar por un momento fui (más) feliz. Abrí los ojos pensando, como últimamente, en lo planes que iba a hacer durante el día, distintos desde que el coronavirus entró en nuestra vida. Hasta que entré en el móvil y amagué con sonreír. Entrar en Instagram fue como una bocanada de aire cuando vi vídeo tras vídeo de la gente de fiesta, con decenas de personas alrededor, sin necesidad de mascarilla, tocándose, besándose. Y en mi inconsciencia provocada por mi recién despertar imaginé que todo había pasado ya. Por un momento.
Cuando escribí en junio dije que el héroe es quien entiende la
responsabilidad que viene con su libertad. Estaba en lo cierto y solo aquel que
la entendiera iba a “poder” con esta situación. El problema es que para
algunos su responsabilidad terminaba en su balcón, dando palmas.
Habéis demostrado que no dais para más. Confiamos en nosotros mismos, algunos
directamente ni llegaron a hacerlo, cuando el 21 de junio nos abrieron las
puertas a la famosa nueva normalidad. Todos pronunciábamos la misma
preocupación: la presencia de imprudentes que nos podían
chafar los planes a los que tanto nos había costado volver: las quedadas con la
novia, el regreso al fútbol, los erasmus o un elemento que a medida que pasan
las semanas ha dejado de importar a la mayoría (o al menos sus actos así lo
reflejan): la familia.
La familia, esa gran olvidada. La que cada domingo visitamos porque es
lo que más queremos, doce horas después de haberla olvidado entre
cubata y cubata, distancia de medio metro y mascarilla en el bolso. Nunca
pensé que el egoísmo podía representarse tanto y tan de seguido. Desde el
momento en el que supimos que esta pandemia no iba con nosotros, con los
jóvenes, que esto era un mero de juego de restricciones que había que esquivar,
decidimos que nuestra salud presuntamente intocable podía exponerse a
cambio de poner en riesgo la de los demás. Sábado tras sábado, quedada tras
quedada.
Pero la familia no es la única que se esfuma de nuestra memoria a corto
plazo, que parece haber desterrado los dos meses del “trágico” confinamiento.
Lo peor que han vivido algunos, eso decían, hasta que nos hemos dado cuenta de
que no, que, con tal de ir al local, a la peña, da lo mismo pasar otros 60 días
encerrados.
Soy fiel defensor de las redes sociales pero reconozco que he
sentido vergüenza. Todo el mundo que me lee sabe de sobra que antes del
Covid pasaba muchos sábados en casa. Nunca tuve el desparpajo de salir a beber
y sentía envidia de aquellos que eran capaces de no aburrirse nunca. Pero ahora
entiendo que para muchos es ya una enfermedad incurable, pues no
conocen el disfrute de otra forma que no sea entre ron y matorrales, sabiendo
además que ahora está (más) prohibido.
Hemos fracasado. Nos han dado una oportunidad de demostrar que podíamos ser
diferentes, que por una vez podíamos dar ejemplo. Quién nos mandaría
confiar en nosotros. Nos han tenido que poner restricciones, cada vez
mayores, porque ya hemos visto que responsables no somos, sino egoístas
y en muchos casos miserables. Si aquí te lo prohíben, vas allí. Si tienes
que pagar una multa, la pagas. Y no solo eso, sino que además lo subes a las
redes para reírte a carcajadas de los que intentamos cumplir
para que esto acabe cuanto antes.
Qué difícil es quedarse en casa un sábado por la noche. Estáis dispuestos a
pagar cualquier precio con tal de que no suceda tal terrible situación. Y
aunque los amigos os ofrezcan un plan que sabéis perfectamente que no se puede
hacer (ya no digo que sea peligroso, porque eso parecer dar lo mismo, sino que
esté prohibido), acudís porque no salir es una derrota para vosotros.
Cualquier cosa, pero eso no. En menos de dos semanas veremos cuántos se tienen
que arrepentir.
Hay quienes desde el principio, desde el 2 de mayo, cuando salimos por primera vez a correr, el virus ya había desaparecido. Se esfumó. Pero los hay todavía peores, los que hacéis lo mismo que ellos, pero después de haberos hartado a dar lecciones de moral. Después de lucir el cartel de quédate en casa, de aplaudir a las ocho de la tarde, porque así se solucionaba todo. Y, cómo no, subirlo al Instagram, el mismo que hoy deja ver todas vuestras vergüenzas.
Podéis minimizarlo, podéis decir que es solo un virus,
que solo fue un día, que somos siempre el mismo grupo de amigos, que en tu
pueblo no hay peligro o el mejor argumento de todos: “a mí no me duele
nada”.
Porque en dos meses no habrá Pipeta, no habrá piscinas, no habrá
fútbol. Pero tampoco hay que preocuparse porque nosotros estamos bien, en
casa, asintomáticos casi todos, aplaudiendo desde nuestro balcón como grandes
ciudadanos. Con la única manera de tener un tubo en la tráquea para darnos
cuenta de que hemos fracasado sin ni siquiera haberlo
intentado.
Viñeta de El Jueves (03/09/2020)

