jueves, 31 de agosto de 2017

CAPÍTULO 57 (FINAL): La jodida rutina

Capítulo 57

La jodida rutina

"Cuando estés en tu habitación, sentado, frente al pupitre, ya sea trabajando o empollando, mires por la ventana y veas que ya es de noche, tan pronto. Solo en ese momento te acordarás de mí" (La copa de la fotografía)


La copa de la que te acordarás

Cuando en ya no muchas jornadas, mi ojo derecho asome a horas no muy frecuentes para mí en el último trimestre, pensando en que en breves instantes dará comienzo otro curso, y con la única prisa de que acabe cuanto antes, me acordaré de aquella última noche de agosto, sentado, bebiendo, escribiendo con el ruido del mar de fondo. Solo en ese momento me daré cuenta de la felicidad que ahora me inunda.

Al igual que muchos de ustedes, siento hacérselo saber, en pocos días regresarán a eso tan agrio, tan malvado y tan monótono como es la rutina. La dichosa rutina.

[El que será más que probablemente mi primer pensamiento el lunes 18 de septiembre cuando abra ese ojo derecho]: 

Suena el escalofriante sonido del despertador, que lo odio. Y eso que llevaba sin sentirle desde el mes de junio. Me despierto, apago el cacharro porque si no empezará a sonar más deprisa, y ahí sí que moriría, y da la casualidad de que no tengo sueño. No sé como lo hago pero el primer día de curso siempre me levanto sin cansancio, me atrevería a decir que hasta con cierto grado de expectación, incluso de entusiasmo. Me vienen a la mente ahora esas cosas...

Empiezo a recordar todas y cada una de las imágenes de ese verano que en este momento confirmo que ya es historia. Aún es pronto para saber que si historia para recordar o para olvidar, supongo que tendré motivos para ambas opciones. Y ahora me doy cuenta de que muchos de ellos, en su momento, pasaron desapercibidos, y me quedo pensando, resignado, que quizá no lo disfruté lo suficiente. En que daría lo que fuera por regresar....

A esa playa. ¡Qué feliz estaba yo! Escuchando mi canción favorita, aunque sea de ese género tan elegante y educado como el trap. Imaginando lo bien que quedaría con el baile de esa chica de enfrente, que se grababa su ingenioso musical.ly. ¡Qué guapa era! Seguramente pegaría con ese chico que conocí este verano. Mi primer amigo pansexual, que reconocía también que tenía parte de sapiosexual, y que admitía a la vez, honestamente, que no sabía en realidad lo que significaba ninguno de los dos términos. ¡Qué genio!

Y lo bien que lo pasé en esa fiesta del pueblo, pero sobre todo, al día siguiente cuando ese amigo al que no le gusta salir me invitó a su casa y me demostró que echando una partida de póker y viendo una serie uno se lo puede pasar mejor incluso que emborrachándose hasta las cuatro de la mañana. Porque además, corres el riesgo de llegar y que ya no te queden excusas que decirle que tu padre. Ese que te dice que tu casa no es un hotel. ¡Qué gran verano pasé también con él!

¡Qué lejos queda eso! Aunque también hubo tiempo para momentos no tan buenos, muchas veces acompañados de soledad. Soledad que, como aprendí, no se combate con más contactos en el móvil, ni con más seguidores en instagram, ni intentando hacer ver a los demás la cantidad de gente que conoces. Ni, por supuesto, dando flores. Menos aún a chicas, ya que corres el riesgo de que te llamen machista, por mostrar ese amor clásico que ahora parece quedar obsoleto.

Siempre será mejor regalarle un spinner. Eso hice yo con esa chica en verano. Seguramente me lo agradezca en un futuro cuando, gracias a ese presente, acabe con un Premio Nobel.

Pero sin duda para mal momento, esa tarde en la que una furgoneta volvió a llevarse por delante a tantas vidas, y esta vez, en Barcelona, más cerca que nunca. Vidas que para muchos, por el simple objetivo de hacer política, pasaron a un segundo plano.

Ahora vuelve el dichoso fútbol. Todos los días. Pero junto a ello, los amigos con quien compartirlo (y sufrirlo). Y hablando de sufrir. Qué gran noche veraniega cuando ese amigo me dijo que a un tuitero le pasaban cosas raras en un hotel. ¡Qué será de Manuel! Aunque ya supiera que no, que era mentira, que lo único raro que sucedía era que sus vídeos lograban más likes que el gallo de Manel. Aunque eso no fue en verano, no sé por qué me viene a la mente ahora. La verdad es que... ¡Ostras, el bus!

Llega el crudo invierno, los estudios, los días con menos luz, los desayunos deprisa y corriendo, los cafés amargos entre clase y clase, los chocolates con churros de los domingos, las quedadas con abrigo y bufanda y los "yo hoy no salgo que hace frío". Supongo que es lo que toca. Llegará el día en que echemos de menos ese mojito, esas charlas nocturnas con esa persona tan especial, esas vistas al mar, ese resentido escribiendo cada cuatro días, esa copa... Llegará ese momento. En el que despierte nuestro ojo derecho y, tras unos segundos de recuerdo, admitamos que sí. Que llegó. La dichosa rutina. Y también jodida.

domingo, 27 de agosto de 2017

CAPÍTULO 56: Gracias, Manolo

Capítulo 56

Gracias, Manolo


[Cita del 4 de febrero de 2017]

"De repente, una novela de ciencia-ficción escrita en un rollo de papel higiénico me parece una grandísima idea" (Manuel Bartual, diseñador y escritor)


"No escribas más" La frase reina en la historia
de Manuel Bartual
¿Nunca les ha dado la sensación de que hemos nacido en la época equivocada? O que la frase "cualquier tiempo pasado fue mejor" ¿tiene su sentido? ¿O directamente que este mundo no está hecho para nosotros? Puede que ese pensamiento aparezca poco, mucho o todos los días, pero aparece. Y cada vez son menos los momentos en que uno se siente “comprendido”. 

Tan solo transcurrieron veinticuatro horas desde que Diada era uno de los Trendin Topic, hasta que lo empezó a ser #GraciasManuel y me doy cuenta de lo mucho que puede cambiar el mundo en cuestión de horas y, más aún, de la diferencia abismal que existe entre unas personas y otras; entre lo bueno y lo malo.

Debo empezar por lo malo, y es que ayer asistíamos perplejos a una nueva escena de inoportunismo -permítanme la expresión-. Siempre le hago un guiño a la libertad de expresión, en casi todos mis artículos. Básicamente porque es la responsable de que tanto yo como ustedes puedan escribir. Y la culpable de que ayer se pitara al Rey, o a quien sea, cuando se trataba de una reunión para conmemorar a las víctimas, y a las familias de las mismas que creo que poco les importará mucho en estos momentos si hay monarquía o república, si el Rey se llama Felipe o si va o no va a no se qué sitio. Me avergüenzo.

Busco el camino para sentirme integrado en un mundo que cada vez me lleva más la contraria, y lo que más me preocupa, contradice potencialmente al sentido común. Me muestro sorprendido, que no cabreado, con las incesantes burlas hacia un terrorista que amenaza a nuestro país. Asisto resignado, que no aliviado, a que una mujer lleve a cabo la fuga para llevarse a sus hijos, como argumento de no estar de acuerdo con una ley que no la ampara. Me encuentro asolado sabiendo que una bandera es más importante que la pérdida de vidas humanas.

Por ello alabo a todos los que buscan el bien de los demás, que cada vez hay menos, y las formas para encontrarlo cada vez son más extravagantes. Y aquí viene la parte buena. Ya alabé al creador de Pokemon Go, que consiguió que los chicos salieran a la calle a juntarse, aunque solo sea para luchar por un ser virtual.

También quiero reconocer la inteligencia de quien inventó el Bottle Flip: dirán que ¡vaya invento más poco original! Pero no hay cosa más difícil en este mundo que hacer viral aquello que ya existe, pero que aún no es famoso. Cómo algo como lanzar una botella al aire para que caiga de pie puede ser un deporte que se practique de repente en todas partes. Durante meses no había mayor satisfacción que quedar con amigos, tirar la botella y que cayera limpia y de pie –y si era la primera vez que la lanzabas, era la alegría del día–. Algo tan sencillo como eso, unió.

O quien hizo el primer Mannequin Challenge. Algo tan correcto, que se realiza con tan poco esfuerzo, y que puede hacerlo desde el más pequeño de la casa hasta la bisabuela. Que llegó desde Messi hasta Obama, pasando por todo tipo de famosos y no famosos. Desarrollando una genialidad que con cada vídeo se potenciaba. Algo tan simple como eso, consiguió unir.

Pero, sobre todo, este artículo va dedicado a quien ha acaparado la mayor parte de nuestro tiempo esta semana –más incluso que a leer el Tuitero Resentido–. Cómo una persona, desconocida para la mayor parte de nosotros, a través de una red social ha conseguido mantenernos en vilo de algo que sabíamos que era irreal, pero que nos hacía distraernos, nos ayudaba por un rato a evadirnos de la realidad.

Porque que una persona haya logrado hacerse viral, en los tiempos que corren, no es ninguna hazaña sobrenatural. Lo que es verdaderamente un hito es que lo haya logrado sin un insulto, sin una palabra malsonante, sin mostrar su ideología, sin hastags, sin fotos comprometidas, consiguiendo en definitiva el interés de toda una red social y, ahora que sabemos ya el final, el respeto y la admiración de los que leímos. Consiguiendo su objetivo de la forma más humilde, sin buscarlo.

Esa gente me emociona. Pero siempre habrá gente resentida, yo entre ellos, pero hay distintos niveles. Personas que tras saber que la historia era falsa le dejaron de seguir. O directamente, se enfadaron por pensar que las había engañado. Gente que no entiende nada. Que no se percata de que una persona consiguió reunir a toda una red social, en un momento como este. Un periodo en el que el mayor de los gritos es la mejor de las razones, el mayor de los insultos es el argumento más original. En el que una pelea se hace más viral que una historia. En un momento como este, nos has unido, a través del medio más desusado, pero a la vez más importante: la palabra. Gracias, Manolo.

miércoles, 23 de agosto de 2017

CAPÍTULO 55: Allá van con el balón en los pies

Capítulo 55

Allá van con el balón en los pies



"Siempre es difícil perder cuando no estás acostumbrado" (José Mourinho, entrenador del Manchester United)



El amor y el fútbol, ¿incompatibles?
Courtois; Juanfran, Miranda, Godín, Filipe Luis; Gabi, Tiago, Koke, Turan; Villa y Diego Costa. Me la sabía y me la sé de carrerilla. Los campeones de liga. Y, si no, siempre me queda algún amigo para recordármela, porque no hay cosa mejor que compartir el fútbol con amigos, y si son del mismo equipo desde luego que es ya supremo.

El fútbol. Ese deporte apasionante, y a la vez pasionario. Levanta pasiones allá donde va. Pero hoy no escribo para darme la razón. Puede parecer irónico, pero en breve entenderán por qué.

Es el deporte que más afición hace con diferencia, por mucho que haya gente que no quiere o, peor aún, no permita reconocerlo. Pero como bien saben, lo más querido en este mundo es a la vez lo más odiado –es por eso por lo que quizá a mi me odia poca gente–. Y es que el fútbol es el deporte más “hateado” en estos momentos, y en ocasiones con cordura.

Hoy me dirijo a todos aquellos que, por una u otra razón no ven fútbol. Y sobre todo para derribar un mito. Ese de que a las mujeres no les gusta el fútbol. Negativo. Las que odian el fútbol no son las chicas, son las novias. Del total de hombres de la tierra calculo que un 30% ve el partido de su equipo, un 10% no les gusta el fútbol y otro 15% no pueden verlo por motivos de trabajo. No me cabe duda de que ese 45% restante se acaba de echar novia.

Canal Plus Liga activa el protocolo de alarma cada vez que se produce un enamoramiento. Odia el amor. Sabe que con cada beso un cliente acaba en la cuneta. Clientes que pasan de tener como máxima aspiración de la semana el partidazo del domingo a las cuatro entre dos grandes de España (un Valencia – Osasuna, por ejemplo) a suspirar porque llegue esa comida con los suegros que, vaya por Dios, coincide con la hora del encuentro.

Cambiaste esa vida de sofá, cañas, bufanda rojiblanca y pies sobre el butacón para estar en esa comida romántica, bebiendo agua sin gas, con los codos fuera de la mesa y etiquetado de Armani (que hay que causar buena impresión). Y todo mejora más aún cuando al servir el postre el padre de tu novia te suelta la gracieta de “la mousse mejor en copa, que nosotros tenemos doce”.

Pero como decía al principio de este artículo, siendo sincero, cada vez os entiendo más. El fútbol dejó de ser lo que era, y no es un simple tópico. Aquellas tardes de transistor pasaron a mejor vida. Ese sonido del gol en las radios, los diez segundos eternos que pasaban entre que el locutor gritaba gol y cuando decía de quién era. Atrás queda esa mirada pegada al teletexto, esperando ansioso a que el casillero de tu equipo fuera el próximo en parpadear. Las camisetas de TEKA, los partidos de los sábados a las diez en abierto (en la Sexta o Telemadrid, y cuando el partido era el bueno, claro). Cuando tenías que comprar los partidos en PPV y echaban al Pucela en Localia.

Tiempos que añoro. ¿No creéis que antes se disfrutaba mucho más del fútbol? ¿O que, directamente, el verdadero fútbol ha desaparecido? ¿Os acordáis cuando la noticia no eran las mechas de cristiano, sino el hat-trick que había materializado Ronaldo? (“El gordo”, claro, aunque debería decir “El fornido”, no vaya a ser que, de lo famoso que se está convirtiendo este blog llegue a manos de la cuenta de Derechos Humanos). Cuando el mejor medio de comunicación era Rojadirecta. O simplemente cuando el fútbol no consistía en dar setenta y siete toques, en jugadas de estrategia o en ver quién portaba las botas con más aerodinámica.

Tampoco recuerdo qué botas usaba Oliver Átom ni en qué guantes se aguardaba Benji Price. Tampoco el número de toques que daban hasta llegar a esa lejana portería contraria. Lo que sí me consta es que jugaban sin prisa. Entre ocasión y ocasión a Oliver le daba tiempo a fichar por el Muppet de Mark Lenders, a Neymar a aprender a no tirarse y a Arda Turan a atarse las botas para que no les salten –accidentalmente– a los linieres. El fútbol, que da hasta para una serie japonesa.

Así que os doy parte de razón. Tanto a los que no les gusta el fútbol, como a los que habéis tenido la suerte o desgracia de disfrutar una novia que os hace olvidar la hora del partido. Aunque siempre hay alguna que muerde el anzuelo y se sienta contigo al sofá, a la espera de descubrir tu lado más oscuro.

Pero nunca sabréis lo que se siente cuando tu equipo marca un gol, esos momentos previos al partido cuando las mariposas invaden tu estómago, cuando conoces que Juanfran ocupará el lateral derecho e intuyes que será otro partido para el olvido, cuando tu equipo gana una liga con gol de un Dios o cuando pierde otra final.

Porque ser hincha es bien, pero ser del Atlético de Madrid es una sensación distinta. Yo sinceramente no sé si somos “el pupas” o si nuestro presupuesto es tan malo como dicen. Desconozco si somos un rival digno para un derbi y también si Lo pueden entender o no. Lo que sé es que, por muy malos que seamos, por muchas finales que perdamos, comprometerse con un equipo así es una experiencia inolvidable.


Y yo me voy que me está esperando la novia para pasar un rato con ella. Se llama Diego, se apellida Godín, tiene diez amigas que, aunque no sean muy buenas, entretienen de vez en cuando, y a veces, si se les cruza algún cable, la meten que da gusto. ¡Wanda qué bien!




viernes, 18 de agosto de 2017

CAPÍTULO 54: No dudaría en volver a reír

Capítulo 54

No dudaría en volver a reír

"Hoy canto por esas voces que habéis osado apagar" (Barcelona, 17/08/17)


"Nadie puede aterrorizar a toda una nación, a menos que todos nosotros seamos sus cómplices" (Edward R. Murrow [1908-1965] reportero estadounidense)




17 de agosto de 2017
Yo nunca he sido partidario de que el que tiene miedo sea un cobarde. No creo que el que tiene más miedo sea menos valiente. Siempre y cuando te enfrentes a ellos. Es más, para mí es la mejor de las virtudes junto a otra también muy importante: la de saber callar, cuando hay que callar. Esa desgraciadamente no está a la orden del día. 

Lo siento, pero hoy debo pecar de oportunista. Y lo soy por querer afrontar un tema que debiéramos tener presente en nuestras vidas cada día. Y además de oportunismo de ignorancia, porque ni conozco a las víctimas, ni siquiera la zona donde ocurrió y que, desgraciadamente, desde hace unas horas mucha más gente deseará no visitar nunca, por mucho que estuviera en sus planes de futuro.

De nada sirve dar la espalda a la realidad. Mirar para otro lado y pensar que nunca nos ocurrirá. Porque, una cosa es no tener miedo, salir a la calle sabiendo que estamos protegidos y otra pensar que somos inmunes. Lo queramos o no, este diecisiete de agosto nos marcará de por vida, al igual que nos conmocionó ese despertar de aquel once de marzo o esa tarde del once de septiembre.

El mundo cambió desde entonces. Desde que nos quedáramos perplejos tras el atentado en Francia de Charlie Hebdó, aquel mes de enero de 2015, hemos transcurrido por capítulos negros de nuestra historia muy variopintos. Desde el terror en una discoteca donde tenía lugar un concierto hasta en un mercadillo navideño. Y nuestro cuerpo empezó a adquirir un somnífero que nos ha hecho que en el día de hoy nuestro primer pensamiento, en lugar de haberse sumergido en la más inaudita de la sorpresa se haya dirigido a esa frase de “alguna vez nos tenía que tocar”.

No pretendo, al contrario que otros muchos, descubrir el mundo hoy. Todos sabemos que sí, que esto podía suceder tarde o temprano, y que la próxima vez puede ser en el sitio en que menos pensamos, quizá más cerca quizá más lejos. Y cuando alguien sale a decir que “para combatirlo, hay que estar unidos” por dentro pensamos: “eso solo son palabras”. Y no, no son solo palabras. Porque para estar unidos hace falta mucho más. No solo que los políticos se junten en un pacto. Es necesario mucho más que eso. Falta lo más importante: la gente.

La gente que, cuando haya un atentado como este, no debería tratarlo como un accidente nunca. Es necesario que estas situaciones no sirvan de base para hacer política, de absolutamente ninguna ideología. Hace falta que ante esta desgracia las redes sociales no se conviertan en un continuo debate o en la más prestigiosa de las exposiciones de las fotos más morbosas y de los bulos más imaginativos. De verdad, es muy feo.

Es feo entrar en twitter y ver que, entre tanta información verídica que gracias a estar red social podemos tener al instante, tengamos continuos reproches unos a otros. Esos que van pidiendo unidad. Qué necesidad hay en días como hoy decir que hay que echar a todos los musulmanes. Y qué necesidad habrá de tener que rebatir esos argumentos con otros iguales o peores. Por qué siempre hay que buscar razones a un hecho como este. La Guerra de Irak, la islamofobia, la turismofobia, la foto de las Azores. Pienso cuándo se dejará de buscar los culpables y empezar a ser solidarios y buscar soluciones.

Por qué hay que atemorizar. Pasar por redes difusiones que no tienen ninguna base con el único fin de meter miedo a aquellos a los que luego tratan de ‘víctimas’. Cuando conocimos que trece personas habían perdido la vida, dejamos de lado todo. Olvidamos el referéndum, la victoria del Real Madrid, la turismofobia, el caso Juana Rivas. Todo aquello pasó a un segundo plano porque por encima de todo hay algo muy importante: la vida. Y qué pena que para darnos cuenta de ello tengan que pasar estas cosas.

Para los que hayan seguido el atentado de Barcelona, que pasará a la historia como el primero de esta nueva era que se produce en España, seguramente estén saturados de ver las imágenes, fotografías, vídeos de personas tiradas por los suelos, de alarmas en el móvil, de tweets inoportunos y de mensajes emocionantes acompañados de crespones negros y corazones rotos. Poco a poco todo regresará a la normalidad y esas imágenes, como otras muchas, irán pasando al cajón del olvido hasta que vuelva a suceder, ojalá que dentro de mucho y, si es posible, nunca.

Aquel jueves de agosto no se olvidará por los Atentados en Barcelona. Pero ese viernes que le acompañaba se recordará para siempre por el amor, la empatía, la unidad. El día en el que todos sentimos amor por una ciudad. El día donde abrazamos a gente que no conocíamos. El día en el que gritamos todos juntos por las familias, amigos de aquellos que rambleaban en esa tarde y que ya no podrán volver a hacerlo. Porque, en verdad, todos hemos querido ramblear hoy para estar ahí, donde todo ocurrió, entre las flores, velas, peluches, para gritar “No tenemos miedo”. Desgañitarse para decir que por mucho que golpeen no podrán vencer. Porque sin duda para muchos quedará un dolor irreparable, huecos insustituibles, pero nunca nos quitarán la voz. Las palabras. El reflejo de la razón del hombre. Razón que ellos nunca tendrán.


Fuerza Barcelona 

martes, 8 de agosto de 2017

CAPÍTULO 53: A todo 'Trap'

Capítulo 53

A todo 'Trap'



"Los que cambian el mundo no son los que tienen mucho amor propio, sino los hombres y mujeres que están preparados para hacer el ridículo" (P.D. James; escritora británica)


(Les advertimos que el lenguaje de este artículo puede herir su sensibilidad)

Un gato trapero
Llego ahora de ver el fútbol, y me ha pasado algo verdaderamente notable. He tenido que dar la razón a un amigo, a quien nunca se la he dado –al menos con este tema–. Después de conocer las espeluznantes cifras del ‘Caso Neymar’, me he resignado y hoy le he dicho que sí: que el fútbol es un asco.

Ya tendremos tiempo de ahondar en el tema, aunque si piensan que este futbolista ha ganado demasiado dinero para lo poco que hace, les aseguro que cuando acaben de leer esto, cambiarán de opinión.

Vengo a hablarles del fenómeno que revoluciona las redes y que ya se ha cargado algún que otro cerebro, tanto del que lo lleva a cabo como del que lo vislumbra (el mío ya venía mal de antes, aunque algo más sí se ha atrofiado). De la práctica social más original, atrayente y que sin duda pasará a la historia por el arte y el tiempo que se le aplica a ello y el esfuerzo que se imprime para hacerlo (aunque, desde luego, mucho más si cabe, para verlo)

Nada más y nada menos que el Musical.ly. Para los que no hayan oído hablar de ello, aquí les dejo un enlace para que no anden despistados en los próximos párrafos.

Si ya lo han visto y aún tienen ganas de seguir en este mundo y, además, leyendo, se lo agradezco. Como pueden apreciar es el colmo de la originalidad. No cabe duda. Si ven varios además, pueden ver la elegancia, la finura y el buen gusto que tienen todos estos sujetos. Van bien vestidos, salen todos muy naturales, la música no puede ser más filosófica y relajante –el primer musical.ly lo realizó Beethoven con su famosa pieza Paraelisa (Elisa oyó eso y se fue)–. Sin embargo, si se ponen a buscar un ejemplo en el que uno o una se ponga a bailar trap con poca ropa, que sepa que no es para nada común. Ya lo han podido comprobar.

Fuera de bromas, se trata de una aplicación que sube el ánimo a cualquiera. Y además de la forma más sencilla. Tan fácil como poner el móvil de frente, moverlo un poco durante la majestuosa actuación (debe de ser para que no nos quedemos dormidos) y hacer un sinfín de gestos que poco tienen que a veces ni tienen que ver con la canción en cuestión, pero que son muy ‘traperos’. Pones la mejor de tu sonrisas, guiñas un ojo y te levantas la camiseta al final (siempre al final, para que la gente no deje el vídeo a la mitad). Con eso, más pronto que tarde podrían estar llamándote las discográficas para grabar el próximo ‘Despacito’. Eso sí, versión play back, porque el musical.ly –gracias a Dios- es mudo.

Se oye por encima esa canción trapera, acelerada, repleta de auto-tune que encandila a la 'people'. Y, eso sí, más vale obedecer lo que dice la canción. Si dice ‘tetas’, hay que tocárselas. Si dice ‘enséñame’, hay que levantar la camiseta y si dice ‘dámelo todo’, ahí que cada uno desarrolle su imaginación. El problema es cuando niños –me da hasta cosa decir niños– de once, doce años, se les oye cantando eso de “Cuando vas como una cuba eres una fulana” o “Te lo meto en el Lamborghini”. ¿Soy al único al que se le encoje el estómago? Si eso hacen en público, qué pensarán ya en privado.

¿Se acuerdan de aquellos dos locos que se hicieron un vídeo cantando Ding ding dong song? Nos pareció surrealista. Ahora sería un vídeo más, y además “muy soso”. Porque en él no hay trap ni expresiones sensuales. Y ahora lo que mola es el trap. ¡Qué casualidad que a todos les mole lo mismo de repente! Lo que antes era para muchos “ruido”, o que solo lo escuchaban los dos porretas del barrio, ahora es "lo más".

Vayamos a su definición. Dícese del género, alternativo al regueaton y al hip hop con un contenido más “agresivo”. Dicho de otra manera –por mí–: género musical similar al regueaton, con la diferencia de que en lugar de decir “quiero llegar a tus lugares favoritos” dice sin tapujos “quiero comerte el pito y el chocho”.

Es buena música, es sensible y además, hay que vestir como los que lo cantanEs algo que me abruma. Para ser un buen trapero hay que llevar la gorra más cara, la camiseta más lisa y las pintas más esperpénticas con el fin de parecerse a los famosos que lo cantan. Yo no he visto a los fans de Lady Gaga travestirse, ni a los de Pitbull quedarse calvos, ni los oyentes de música clásica ponerse una peluca blanca, ni a un buen pintor cortarse una oreja. Pero ahora, hay que dedicarse en alma, pero también en cuerpo, a la música que te gusta.  

Tampoco quiero dedicarle mucho más al tiempo al trap, ya que es igual de válido que cualquier otro estilo. Pero harían bien en hacer una cosa. No sean hipócritas. De poco sirve ir de mente tan cerrada al decir “no me llames guapa, que no tienes derecho” y luego ir a la discoteca a cantar en el gepeto de uno –o una– “chupa, chupa, chupa” (no es un ejemplo que me saco de la manga. Busquen si no la canción Ms Nina – Chupa Chupa. Encima, talento español).


Así que celebremos esta liberación del cuerpo. No seré yo quien esté en contra de estas cosas. Al contrario, gracias a ellas escribo. Pero vendría bien saber que no estamos solos en el mundo. Que, por mucho que ahora el trap sea lo óptimo y haya gente que piense que no hay más allá, sigue habiendo otra gente que prefiere gastar tiempo escuchando a Mecano. Y no por eso es un antiguo. Ni por escuchar a Manolo Escobar es un facha. Yo no les voy a decir que por oír a C Tangana sean ustedes unos barriobajeros. Eso sí. No está mal de vez en cuando retratarse. Y si no, piensen en cuántos vieron aquel vídeo de “Josemi” y su “Estoy burlao” y manifestaban su bigardía. Ahora solo hace falta ver cuántos de ellos le han imitado, al menos en el estilo musical, esperemos que, al menos, solo sea en eso.

jueves, 3 de agosto de 2017

CAPÍTULO 52: 'Resentidosexual'

Capítulo 52

'Resentidosexual'




"No pienses en tendencias sexuales. Las tendencias solo reflejan miedo a la diferencia y a lo que no comprendes" (Albert Espinosa)


Tiene tanto lío que ya
no sabe qué es

Mira que me gusta poco ir a comprar, y bien saben de eso mis padres. Rara vez les ayudo con los recados. Seguramente hayan echado una carcajada cuando hayan leído eso de “rara vez” Y tan rara dirán. Pero lo que sí hago es fijarme en lo bien que lo hacen. Y siempre me llamó algo la atención, sobre todo en mi padre, cuya memoria empieza a flaquear con el paso de los años. La manía de etiquetar cada alimento que compra y que va al congelador, con su respectivo nombre y la fecha de su adquisición.


Bien, pues esta absurda e insignificante anécdota me sirve de perfecto hilo conductor para explicar el fenómeno de hoy, que trata ni más ni menos del capricho y obsesión de etiquetar hoy en día absolutamente todo. Me explico:

Hace un mes tenía lugar en Madrid la famosa fiesta del World Pride. Madrid se convertía en la capital mundial del orgullo. No hay una sola persona en este país que no se hubiera enterado de ello. Los medios de comunicación llevaron a cabo su estrategia de “cansinismo” para que día tras días en cada informativo nos hablaran de esa “reivindicativa” e “importante” fiesta. Y si hay alguien que no hablara de ella, o algún despistado que no se dedicara a enarbolar por la calle esa bandera ‘arco iris’, posiblemente se convertía en un intolerante.

El problema es que los medios, en su alarde de poner énfasis en el festejo, en lo especial de esa celebración y, en definitiva, para ganar telespectadores, no se daban cuenta de que lo único que conseguían era hacer un flaco favor a todos, aunque muchos no lo vean o, peor aún, no lo quieran ver. Porque si tanto queremos “normalizar” la situación de aquellos que no se sienten aceptados por la sociedad, o son menos aceptados que otros, no creo que la mejor solución sea “desnormalizar” la fiesta, hablando de ella como si no hubiera mañana o poniendo en la pantalla tropecientos hastags clamando la igualdad.

Pero la culpa no la tienen toda ellos –los medios–, tampoco el heteropatriarcado, al que todo el mundo echa la culpa de todos los males. La culpa del machismo es del heteropatriarcado. Las torres gemelas las tiró el heteropatriarcado. La culpa de que mi suegra venga a comer todos los domingos es del macho ibérico. Y la de que no me coma un colín, también. La culpa está en nosotros, como todo en general.

De tener que ponerle a todo un nombre. De decir que a la gente que le gustan las almas y no los cuerpos, tiene que denominársela de alguna forma en concreto –en este caso pansexual–. De decir que porque me guste alguien por su intelecto soy sapiosexual, o que si como pescado soy “pecano” o que si me gusta un asiático soy “transiberiano” (esto último es invención mía, pero quién sabe si pronto estará en la R.A.E)

¿A nadie le da la sensación de que das una patada a una piedra y salen cien sexualidades más? Como decía el gran twittero TraedRuffles hace algunas jornadas, “Ya hay más sexualidades que personas”. Lo que uno descubre. Ahora resulta que los que desconocen su orientación sexual no son confusos, sino antrosexuales. Parece que los que no tienen deseo sexual son hiposexuales. Y, por si fuera poco, aquellos que aman y no necesitan ser correspondidos ya no se les conoce como “buena gente”, coloquialmente “buenazos”, o despectivamente “pobrecillos”, sino que tienen nombre: Lithesexual.

Aunque mi término favorito es el de Arromántico, en sus múltiples variantes, que no son pocas. “Dícese de los que, al margen de sus pulsiones sexuales, nunca regalarán flores (de todos las clases, no es necesario ofenderse de nuevo) ni darán sorpresas a la salida del trabajo de la persona deseada” . Lo que me hace pensar que o bien no es un término muy bien matizado, o que todos somos arrománticos. Y ya si quieren continuar con el juego, que sepan que existe el panromántico, el polirromántico y el transromántico. Y ahora, a aprenderse la lección..

Me pregunto cuándo dejarán de darnos en la E.S.O esas charlas afectivosexuales donde se explican cosas como la mecánica de poner el ‘paragüitas’, las enfermedades ETS o la gran frase de “hay que estar preparado”, es decir, cosas absurdas y que no tienen importancia, y empiecen a darnos clases de qué es un pansexual, un demisexual y un bicurioso, ya que, sin duda, la repercusión y la utilidad de saberlo es mucho mayor.

Al igual que lo dije en el capítulo del feminismo, me da rabia que, algo tan importante y preocupante como la integración de personas que no son de la sexualidad común se convierta en un casi cachondeo, cuya lista de opciones sexuales se asemeja más a la de horóscopos que a una lista de problemas, que a veces es en lo que este tema desgraciadamente se convierte. En fin. Por todo eso muchas veces me pregunto de qué hay que sentirse orgulloso si seguimos por este camino. El camino de etiquetar por sexualidades. El de creer que para unir hay que separar. De tener que hacer un baño aparte para los transexuales, en lugar de integrarlos, que es lo que quieren y merecen. De pensar que para ser todos iguales hay que diferenciarse. 

lunes, 31 de julio de 2017

CAPÍTULO 51: Acompáñame a estar solo

Capítulo 51

Acompáñame a estar solo


"El secreto de una buena vejez no es otra que un pacto honrado con la soledad" (Gabriel García Márquez)



Ella mira el otro columpio, vacío,
iluminado por el Sol
Un buen día, el señor de la luz se topó de casualidad con la dama de la oscuridad y tras su fugaz encuentro surgió el amor. 

Fruto de esa unión nació una doncella a la que llamaron Penumbra. 

Como si de un hechizo mágico se tratara, se formaron sombras que fueron encargadas de acompañar a cada uno de los mortales a través de su corta existencia. 

R. Soto (blogdiario.com)

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Recapacitar siempre sirve, siempre. Y muchas veces una deliberación sobre cualquier tema vejatorio te acaba conduciendo al mismo punto: a la triste y pesada pregunta de “¿Por qué estoy solo?”.

Y no precisamente en el terreno de la pareja, sino en el del amor que, como vimos en [Dos amores: el luchado y el encontrado], se puede presenciar de muchas maneras en esta sociedad, cada vez más ansiosa por encontrarlo todo a la mayor brevedad posible y de la manera menos ortodoxa, por el simple hecho de conseguir un objetivo que a la hora siguiente puede haberse quedado obsoleto.

Y esa es la base de todo. Muchas veces nos sentimos solos, por fuera, pero también por dentro, que es cuando aparece la cuestión de "¿qué hago mal para estar así?", acompañada de otras muchas como la de "¿cómo es posible que entre los miles de millones de personas que hay en el mundo no haya una sola que me comprenda del todo?" o de "¿a qué santo tengo que rezar para que el que me gusta no pase de mí los días pares, y si tiene el –mal– día, también los impares?"

Desgraciadamente la solución no la puedo dar. De ser así, este blog ya sería más famoso que los andares del Sr. Rajoy o que la pluma de Boris Izaguirre. Pero sí podíamos ir descartando alguna ya sea por al menos por su ínfimo porcentaje de éxito.

Alguno debería darse cuenta de que hacer el malote para hacer cosas de buenos no sirve, o que llenar su teléfono de contactos solo es apto para que en su móvil ya no haya espacio para más canciones y Pokémons. Eso no evita la soledad, lo siento.

Alguna debería percatarse de que llevar la falda más corta no le hace irresistible, ni siquiera cuando se acompaña de un conseguido maquillaje. Porque por mucho que ponga empeño en conquistar, generalmente a los más mayores, deleitándolos con obsequios un día al año –claveles incluso– de poco sirve cuando en los 364 días restantes no les ha dirigido la palabra. Ni con sus mejores galas, señoría. Eso no quita soledad, siento disgustarla.

Y, en general, todos deberíamos fijarnos en que ser otro no vale, en que actuar como tu amigo por el simple hecho de que liga más que tú no te hace mejor, ni más feliz, ni mucho menos te hace estar menos solo. Puede que esto que digo no funcione, pero es posible que sí haya alguien, en el lugar que menos pienses y en el momento en que peor te venga que esté deseando hacer el plan que tienes en mente, ver tu película favorita o, en definitiva, pasar tiempo contigo. Que hoy en día está muy caro.

No hay cosa que más deprima –al menos a mi parecer– que, para lograr acercarse a más gente, te hagas pasar por quien no eres. Desde luego yo no me dedicaré a poner frasecitas que me hagan ganar seguidores, ni me vestiré de trapero, ni le enviaré la más bella de las flores a alguien con quien no he sido capaz de intercambiar más de dos palabras. Cada vez que me venga la cabeza esa maldita pregunta, no lo haré. No por ser ridículo, que también, sino porque no tengo imaginación para eslóganes triunfalistas, la gorra no me queda bien ni me entra en mi gran melón, y enviar una rosa al buzón de mi amada no ha sido ni de lejos mi mayor hazaña. Créanme que así es.

Tampoco sabría qué hay que hacer para sortear la soledad. Ni prácticamente nadie. De ser así, este artículo no existiría. Quizá es momento de darse cuenta de que este mundo ya ha cambiado. Que por muchas personas que haya en tu casa eso ya no significa estar acompañado, y que no salir de tu habitación ya no equivale a soledad. Ese afán por lamentarse de todo aquello que debe ser y no es, que pudo ser y no fue, conduce a soledad. Y eso que ya parece imposible estar solo, con tanta red para pescar. Quién se puede sentir solo cuando existe Twitter, Badoo, Canal Plus Liga o Saber y Ganar. Cómo es posible que, con los medios que disfrutamos, se sienta el mínimo resquicio de abandono. O es que quizá debiéramos de ver que la felicidad no la dan los likes, la popularidad no la otorgan los seguidores o la autoestima no la suben los comentarios. O simplemente rendirse a la evidencia de que lo único que nos acompañará toda la vida es nuestra sombra.

ANEXO: ESPECIAL 50 CAPÍTULOS (Parte 2)

Los primeros 50 capítulos de El Tuitero Resentido. 

¡Vuelve a leerlos!

Segunda parte (del 26 al 50)

sábado, 29 de julio de 2017

jueves, 27 de julio de 2017

CAPÍTULO 50: Twelve points go to...

Capítulo 50

Twelve points go to...


"Eurovisión no lo ve nadie" (La gente ingenua)


Massiel dio a España su primera
victoria en Eurovisión (1968)

Momento de hablar de algo interesante. Aunque, modestia aparte, todos los temas que trato lo son. O al menos la gente habla de ellos. Y exactamente eso ocurre con el fenómeno que hoy analizamos. Carece de interés público –y no público– durante 364 días al año y, cuando llega el DÍA D, todo el mundo lo comenta, toda la gente lo admira, los más críticos lo juzgan y los palmeros lo aplauden.


Y es que es el festival más popular que se conoce. Por ello todos ya creen estar capacitados para hablar, dialogar o incluso ‘ser un experto’ de ello. ¡Me encanta esa gente que es experto en todo! ¡Los ‘enciclopedias’! Da igual de qué les preguntes o el tema que salga que ellos, no solo tienen respuesta, sino que siempre están convencidos de que tienen la mejor.

A veces pienso si me gustaría ser como ellos. Ahora, con las redes, y la más que postureada libertad de expresión (no se equivoquen, la libertad de expresión no nació con twitter, aunque corre el riesgo de que muera ahí), todo el mundo hace como que sabe de todo, incluso más que los expertos en el tema en cuestión.

Si sale un licenciado en economía a decir que los datos del paro son positivos, ya están ellos para decir que no lo son. Si un actor dice que en el cine se vive bien, ya salen ellos para negarlo (quien mejor que ellos que, al contrario que el actor, viven la profesión desde dentro). Si un tenista dice que los plátanos son buenos, dejan de serlo porque en twitter es TT #BananasNO. Ellos no se equivocan nunca, aciertan siempre, rara vez no tienen razón. En fin, ya saben, aprendiz de mucho, maestro de nada.

Pero vayamos al tema. Sí. Me refería a Eurovisión. Esas tres, cuatro horas que, aunque te dé igual quién gane, ignores que Australia ya forma parte de Europa, o no te guste la música –o peor aún, te guste el trap–, pasas entretenido, inexplicablemente. Eso sí, con compañía y una buena dosis de memes.

Aunque, como bien he resaltado, Australia desde hace unos años ya es europeo. Al igual que Azerbaiján, y dentro de poco, Cataluña, país con el que Manel Navarro obtendrá los mejores resultados (no porque con España haya quedado último, sino gracias a la ayuda que recibirá del maestro Guardiola). Eurovisión se ha convertido en el tercer organismo del mundo de acogida –en este caso de países–, detrás de ACNUR y la casa de Ada Colau.

Eso sí. No están ahí por estar. Los países digo. Tienen que pasar su semifinal, como todos, excepto el llamado ‘BIG FIVE’, que no es lo último del Burger King, sino los cinco países que pasan directos. Entre los que se encuentra España ya que, de no ser así, la última final disputada hubiese tenido como representante a Massiel. Chikilicuatre ni existiría.

Podríamos decir que España en Eurovisión es como las carreras de Alonso cada fin de semana, con perdón de España. Actúa por nombre, cae simpática y no recibe puntos. La única diferencia es que España las carreras –en este caso, actuaciones– sí las acaba, aunque el motor sí que a veces otorga algún susto, en forma de gallo.

Es increíble. Por qué nos gustará tanto verlo si no ganamos. O es que cada vez somos menos españoles, o que hacemos tanto el ridículo que cuanto más abajo quedamos mejor (cuanto peor, mejor). Porque el verdadero problema no es que España quedara la última, sino que nos mofamos de ello. Más incluso que del mono del italiano o de los gritos de Heidi de Rumanía.

Pero cuando llegan las votaciones empieza la emoción que solo el verdadero Eurofan puede sentir. La tensión de que gane tu canción favorita y si no es así es que es un tongo. Van pasando los países, ves quién pronuncia peor el inglés, presencias que tu canción cada vez está a más puntos que la que va a ganar –que se conoce desde el tercer país que interviene–, y solo te queda confiar en el televoto.

El dichoso televoto. Esa cosa que se han inventado para que el jurado pueda votar aparte, en teoría para evitar que gane el horror que más engancha, que se vote al país vecino, o que venza el personaje que más pintas tenga. Y todo ello para que gane Eurovisión una canción que duerme a las ovejas, para que Chipre siga dando doce puntos a Grecia y para que el festival se lo lleve una mujer barbuda. Historias de Eurovisión.

Que tiene ese algo que engancha, no sé ni por qué ni cómo, pero que a alguno le hace pegarse al televisor durante cuatro largas horas. Y todo para que al día siguiente todo ya sea historia y te suene el despertador –tarde eso sí porque es domingo– con la serenata de Bad Bunny y te salte en notificaciones ese pesado que por twitter ha dicho que esta edición de Eurovisión ha sido la más patética de la historia, con la única razón de “porque lo digo yo”.