Capítulo 67
Cuando la música no amansa a las fieras
«Estoy enamorado de cuatro babies. Siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero» (Maluma, en Cuatro babies)
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| El Reggaeton no es lo que piensas |
“Siempre
hacemo’ la 69”, “Yo siempre la estoy esperando con mi pistola”. Podríamos
estar hablando de los cantos gregorianos del siglo XIII, de la novena sinfonía
de Betthoven o de la última perla de Freddy Mercury. Cualquiera de ellos podría
haber firmado estas sentidas palabras, estas admirables estrofas, de bella
factura, acompañadas de una sinfonía celestial para nuestros oídos. Es cierto. Quizás
estoy exagerando en elogios, cuando en realidad aquellos individuos no les
llegaban ni a la suela de los zapatos a Ozuna, Paulo Londra o Bad Gyal. Así
que, si se han sentido ofendidos estos últimos, les pido mis más sinceras disculpas.
A
ellos y a los millones de oyentes que llenan de escuchas las canciones de los
nuevos reyes de una música educativa, formadora, sensible y, sobre todo,
feminista, dónde va a parar. Seguramente es por eso por lo que todos (y todas)
las cantan y bailan. En un mundo cada vez más preocupado por la igualdad, por
eliminar los comentarios obscenos, machistas (los micromachismos, que los
llaman así), sin duda una buena forma de hacerlo es dejar en el primer puesto
del ranking en España 'Callaíta' seguida de 'A chuparla' o 'Mía Na Ma'.
Tomándonos
la cosa en serio, pese a que no se lleve, es momento de empezar a reflexionar
sobre este tema. No va con ser feminista o no, sino con ser coherente. No
podemos echar la culpa a Carolina, a la que había que tratar bien “que al final
te tendré que comer”, por ser machista y cubrir de rosas a Bad Bunny. No
podemos machacar 'Y si fuera ella', de Alejandro Sanz –un hombre machista,
sinunaduda-- y dejar escapar por la rendija a Maluma Baby. ¿O es que entonces
no podemos dejar a nuestros niños que escuchen a M Clan, pero sí a J Balvin y
su 'Se pone coqueta la nena'? Igual antes de hablar, hay que pensar.
Todo
el mundo es libre de escuchar, cantar, bailar lo que quiera. Los que no
pensamos como vosotros también, que no se os olvide. Y también de escribir,
pensar y actuar. Pero alguno falla tan repetidamente a su coherencia que ya
corre el riesgo de que no le tomemos en serio. Esto es como el que crea un bot
de una guerra civil, se va a Comillas y la deja a medias. Un poco de rigor
nunca vendría mal.
Las
canciones de Maluma son machistas. Creo que en eso estamos casi todos de
acuerdo. Eso no quita que no se puedan bailar, perrear e incluso hacer el acto
con ellas. Pero, ¿tiene algún sentido hacerlo y después criticar que alguien ha
publicado un comentario machista en las redes? ¿Dónde está la coherencia?
¿Puedo gritar a los cuatro vientos “me gustan grandes, que no me quepan en la
boca”, pero luego bloqueo a una persona que se le ocurre poner que no le gustan
las chicas gordas? ¿Se imaginan ser un fiel defensor de la igualdad de razas y
cantar estrofas racistas?
Es
evidente que, hoy en día, la música no es como era antes. Lo he admitido. Mis
listas de spotify cada vez están más envejecidas y mi radio ya solo coge Kiss
FM y Los 40 Classic. Es cuestión de gustos. No puedo evitar que cuando escucho
esa voz empapada de Autotune entonando una frase en un idioma desconocido para
mí y para la mayoría que no va envuelto de “M” mis oídos se cierren y mis
ojos ensordezcan. Pero hay algo que soporto aún menos, que no tiene
que ver tanto con esos sentidos, sino con otro: el sentido común.
No
me vale idolatrar a Maluma y exhibirte como firme defensora de la libertad de la
mujer. No vale tatuarse el tema 'Bebé', de un tal Anuel, que muestra a la mujer
como infiel y viciosa (“Hija de Lucifer”) y plantarte en la primera fila en la
manifestación del 8-M, porque quieres protestar ante esta sociedad machista y
patriarcal, como si supieras de que se trata. ¿Exageración? Ninguna. Tener
interiorizado estas letras y canciones no exime de reconocer que todo esto va
hacia la dirección equivocada, por mucho que esté normalizado.
¿Prohibir
el reggeaton? Nunca será la solución. Tampoco impedir a los niños que lean
Caperucita Roja ni la Bella y la Bestia. Ni la pornografía por el hecho de que
ahora parece que por su culpa algunos se vuelven violadores. Por esa regla de
tres, los juegos de guerra les harían más violentos. ¿Hay que prohibirlos? Creo
que no. Porque más allá de una letra de canción barata, de una sintonía tuneada
o de groserías varias, no deja de ser eso, canciones: mundo irreal. Pero en
tiempos en los que las relaciones son el Whatsapp, la felicidad son los me
gustas y el feminismo no se escenifica con actos, sino con 280 caracteres, cada vez está más cerca
que ese mundo irreal se convierta en realidad.

