domingo, 29 de julio de 2018

CAPÍTULO 62: Querido Playmobil

Capítulo 62


Querido Playmobil


"No nos dimos cuenta de que estábamos haciendo recuerdos, solo sabíamos que nos lo estábamos pasando bien" (Anónimo)


Querido, playmobil: 



Espero que estés bien porque ya hace unos añitos que no te veo. Desde que te dejé en el trastero, muchos días me acuerdo de ti, de esos momentos tan divertidos que pasábamos en el suelo de casa, en ese coche de juguete en el que te tuve que romper un brazo para que cupieras. Te escribo para decirte que cada vez hay menos de tu especie. Los niños ya cambiaron de juguete. Vengo ahora de la calle y veo que ya no estáis de moda. Ahora pasean con móviles, juegan con móviles, quedan con móviles… y llego a pensar que son unos ingenuos, que no saben ser niños, que no conocen lo que realmente es divertirse. 


Éramos tan felices...

No sé si la infancia es, como algunos piensan, la mejor etapa de la vida. Para mí sí, no sé si porque fui demasiado feliz en ella o porque mi adolescencia no superó mis expectativas. Y pienso así porque la niñez me ayudó a mostrarme que no se necesitan grandes cosas para ser feliz, sino que hay que disfrutar de lo que realmente tienes. Al menos en mi caso. Sea como fuere, la recuerdo como algo especial.

Y a medida que pasan los años me siento aún más orgulloso de las cosas que viví y que –lo siento, sé que no está bien comparar– están a años luz de las que ahora 'gozan' quienes transcurren por este maravilloso terreno de la vida. Porque a diferencia de ellos, lo hacíamos solos, y no acompañados de...

...ese inseparable teléfono móvil.

¿Os acordáis de ese momento en el que teníamos que bajar de casa y llamar al telefonillo de nuestro amigo para saber si estaba? Era, por instantes, emocionante. El pulso se aceleraba porque en pocos segundos ibas a conocer si te esperaba una tarde entretenida entre amigos o te tenías que buscar la vida solo, una vez más.

Sobre todo cuando era el típico empollón que sí estaba, pero que tenía que estudiar mucho ese día (en aquella época no se quedaba porque había que estudiar, fíjate que cosas). Te dabas la vuelta triste, desolado, pensando en qué narices ibas a hacer, porque no contabas con la alternativa de hacer stories, ni de crearte un ask ni de poner notas a usuarios desconocidos en una red social. Eso era lo bonito; desarrollar la imaginación para no caer en la dejación. 

Todo ello, sin móvil.

Los que somos hijos únicos, sobre todo, lo sabemos. Nos las teníamos que ingeniar con algunos cacharros que, si se los enseñas a los niños de ahora, se sorprenderían y los apartarían rápidamente a un lado. A edad muy temprana, las cocinitas (y no, no tenían bluetotth), años más tarde las construcciones Lego (echabas horas, pero no tenías Whatsapp para distraerte), los puzzles de 1000 piezas, y después los scalestrix: algo tan sencillo como manejar un coche con un mando, pero que ya solo el hecho de construirlo te producía una emoción tremenda.Y, por supuesto, los famosos Playmobil

Y todo ello, sin móvil.

Pero también salía a la calle, no penséis que era un autista, incluso era capaz de hacer amigos. Parece mentira, ¿verdad? Sin la necesidad de mandar un MD, ni de poner un punto para que me puntúen, ni compartiendo porros, era capaz de hacer amistades. Bastaba con un simple “¿puedo jugar?” para unirse a gente nueva y pasar ratos increíbles que se ponían fin, eso sí, cuando mi madre me llamaba desde casa –a gritos, claro, porque a esa edad yo no tenía móvil– para que subiera a cenar.

Eran otros tiempos, otras diversiones. Se jugaba a puntos, al pilla-pilla, a sangre, juegos para pasar un rato agradable, y que se disfrutaban incluso con gente desconocida. Uno se encontraba a personas muy distintas: generosos que te dejaban el balón, amargados que no te dejaban jugar al fútbol porque eras demasiado bueno (no es mi caso) o te ponían de palomero (ese sí) porque solo la dabas con el piquerón.

Pero la mayoría era amigable, no como yo que no era capaz ni de prestar durante un rato mi coche teledirigido radio-control multi-función. ¿Acaso seguís viendo esos coches? Ya no.

Porque no se usan con el móvil.

Lo que ya había era televisión, y grandes momentos con ella junto a esos seres cada vez más extraños, que son la familia. Yo tenía un plan que sobresalía por encima de los demás: las noches de verano, con el Grand Prix.

Lo siento, no podía pasar este artículo sin hacer mención al mejor presentador de la historia de televisión, a las vaquillas, a las cucañas, a las hostias de los troncos locos, y a esa patata caliente que explotaba cuando quería. Cada día que pasa echo más de menos un programa así, capaz de reunir a toda la familia, riendo.

 Ahora no, prefieren El Hormiguero.

Con todo esto no pretendo creerme mejor, ni más feliz que nadie, ni señalar a mis generaciones como mejores, aunque sí más afortunadas. Pero sí quiero ayudar a comprender el paso del tiempo. Cuando mi padre (ya ni siquiera digo mi abuelo) me narra sus historias de su infancia, no puedo evitar soltar ese “cómo te podías entretener con eso”, e imaginarme lo deprimente que pudo resultar todo aquello.


En unos años tú, yo (espero) escucharemos esa frase, con la diferencia de que cuando la pronuncie el peque de la casa, mientras tanto, tendrá los ojos puestos en esa pantalla de Iphone, los dedos en el teclado y la mente vaya usted a saber dónde. Solo en ese momento entenderemos lo que papá nos dijo. 

Puede que ahora los chiquillos sean más felices porque lo tienen todo, pero de verdad creo que hoy los niños son menos niños que nunca. Pues hace tiempo aprendí que la felicidad no la da el dinero, ni los contactos, ni los smarthphones, sino los momentos. Es triste que ahora no lo vean, pero qué feliz me hace saber que nosotros lo descubrimos a tiempo.


Para qué quiero una cometa, si tengo el mejor móvil

domingo, 22 de julio de 2018

CAPÍTULO 61: No estudies Periodismo


Capítulo 61


No estudies Periodismo


"El Periodismo es como el café: hay que servirlo rápido, endulzarlo lo justo y no estropearlo con mala leche" (Ramón Salaverría)



¡Qué miedo da estudiar Periodismo!
Entiendo que cinco días sin saber de mí os haya causado preocupación. Pero debéis disculparme. Afronto una etapa de mi vida demasiado ajetreada, por culpa de un libro que me tiene abducido. Tiene como nombre 'Manual del Permiso B' y es más largo que el eructo de una jirafa. Pero lo peor no es la pesadez de estudiarlo, sino su nula utilidad. Tienen más uso las instrucciones de una caja de petardos que la teoría del carnet de conducir. ¿Hay alguien que realmente aplique lo que estudia cuando se sitúa frente al volante? ¿Hay alguno de vosotros que sepa el reglamento de los remolques de los ciclomotores? Conviene hacerse esas preguntas.

Pero hay algo más triste aún. Y es darse cuenta de que, dentro de la inoperancia y la somnolencia que produce estudiar esto, es incluso, no sé si más interesante, pero sí más productivo que la carrera que cursas. Eso sí que es desazón, que conscientemente comparten personas cercanas a mí, a quienes dedico el artículo.

El Periodismo es maravilloso, y creedme, lo digo en serio. Pero hoy vengo a deciros que no lo estudiéis y, como buen periodista, traigo argumentos, espero que convincentes.

En primer lugar, es momento de desmontar dos mitos relacionados con esta carrera: antes se entraba por vocación, ahora un gran porcentaje se cuela porque no le da la nota para otra cosa o, por qué no decirlo, para tener algo con lo que acompañar la fiesta durante cuatro años más.

También digo que es difícil encontrar esa vocación cuando ellos no ponen de su parte. Cuando dan una hora de cada cuatro, cuando su clase más “magistral” se resume en la proyección de un documental que no tiene nada que ver con lo enseñado, cuando se manda un trabajo cada semana cuya nota pasa al ostracismo sin conocerse o cuando para conocer a los compañeros se busca descubrir su inédito superpoder. Desde luego, eso no ayuda a conseguir el objetivo, que no es otro que salir de la facultad siendo periodistas, o al menos aparentar serlo. Qué fácil suena y qué difícil se antoja.

Bien es verdad que tampoco nos matamos por ello, pues con estilo y elegancia, nada supera a la vagancia, pero propician a ello. No es tarea baladí desarrollar un grado previsiblemente práctico (el segundo mito) cuando más de dos tercios de los conocimientos exigidos son teóricos. ¿Es coherente disponer de tan solo un cuatrimestre en todo el grado de la asignatura de Radio cuando se dispone de un estudio radiofónico tan completo? ¿A alguien le entra en la cabeza?

Esa materia junto a Televisión, dos de las bases fundamentales, ocupan un 7% de toda una carrera. Misma proporción que abarca el tener que realizar cortos audiovisuales, problemas matemáticos sobre el PIB, el estudio de las aguas marinas de Relaciones Internacionales, y menos de la mitad del total de horas de Historia. Desde luego, todo muy práctico.

Y, con todo ello, surge la desmotivación, aunque realmente esto sea secundario. Al fin y al cabo el objetivo prioritario de la mayoría es aprobar, y en Periodismo se aprueba, aunque haya que currar quizás dos, tres o incluso cuatro días al mes. Pero para el resto, quienes esperan salir y encontrar un trabajo -que ahora mismo resulta una quimera- no les queda otra que afrontar el cruel destino de buscarse la vida.

O eso o pasar las horas sentado en una de esas mesas de cristal, tomando ese café más rancio que la manteca revenida, comiendo patatas fylo. Todo eso en plena reunión de “equipo” de trabajo, de esas que sabes que vas a salir con el power point sin hacer para tener que hacerlo en casa. Hay clases de MAC bastante más efectivas que esas quedadas, y ya es decir.

Y así llegas a casa y te preguntas qué has aprendido, te sulfuras de que al día siguiente te espera otro debate del mismo tema que el día anterior, del que ya todos sabemos lo que piensa cada uno, y te percatas de que estás más cerca de ser economista, abogado, mecánico de Fasa o ingeniero aeronáutico que de llegar a ser un buen periodista (porque periodista a secas hoy en día cualquiera puede serlo, hasta yo).

Es triste, pero que nadie se llame a engaño. El periodismo es una profesión fascinante, la mejor a mi gusto. Por eso la estudio y la practico –dentro de mis trastornos no entra el masoquismo de estudiar lo que no me atrae– y, pese a este descontento, lo mantengo. Gracias a las prácticas, a mi trabajo, me he dado cuenta de lo bonito que es este oficio y, a su vez, la distancia abismal que existe entre la vida real y las cuatro paredes del aula.

Pero nada puede quitar la ilusión a una persona que sueña con ser periodista. Y quería terminar con una comparación, muy afortunada con lo dicho anteriormente. Julio Camba compara ser periodista con ser un calamar: ambos se defienden con la tinta y pueden coger el color que más les convenga. El problema radica en que dentro de poco los calamares en tinta aparecerán con tonos blancos en nuestras mesas y ya no valdrá la pena comerlos. Y gran parte de la culpa la habrá tenido también quienes no supieron cocinarlos.

Estamos a tiempo de cambiarlo.

miércoles, 18 de julio de 2018

CAPÍTULO 63: "E" de estupidez

Capítulo 63


"E" de estupidez


"No escribo mal porque no sepa, es el argumento. Lo hago porque es más rompedor y práctico. Más moderno" (Arturo Pérez Reverte, miembro de la R.A.E)


El lenguaje va en una dirección;
el género, en otra
Me encanta arrancar mis artículos con una anécdota de mi infancia que, como ya dejé claro, fue maravillosa. Además de porque me divertía mucho, porque también aprendí. Me acuerdo ahora de antes, cuando te enseñaban a hablar y a escribir. De manera correcta, quiero decir, cuando no te impulsaban a ser un ignorante políticamente correcto, como sucede ahora.


Aún recuerdo esos cuadernos Bruño, en los que tenías que escribir sin cometer faltas de ortografía, aprendías a diferenciar entre la “b” y la “v” y además no podías salirte del renglón. Fue una de las cosas más útiles en toda Primaria. Quizás no por convertirme así en una persona culta –porque qué más da eso ya, si no está de moda– sino para no ser el típico pringado de la clase que suspendía los exámenes por deficiencia de tildes.

Pero, como digo, eso ya pasó a la historia. Creedme que no exagero al decir que ahora quien está mínimamente culturizado, quien utiliza la expresión correcta en cada momento, quien no escribe erratas más gordas que un tapón de alberca, ha pasado a ser un completo old-fashioned, un arcaico, un decimonónico y, en definitiva, una especia en extinción que terminará por desaparecer de forma tajante cuando el lenguaje se convierta en un partido sin reglas (ni escritas ni verbales).

Ya no hablo de lo relativo al género, que también, sino a las sucesivos despropósitos y barrabasadas que se escuchan a diario, pero que te hacen ser no un ignorante, sino un moderno y, además, progresista.

Había gente sorprendida con las terminaciones en –o y –a, que después se redujeron a @. Pero no era suficiente, ya que había personas que no se sentían representadas en ninguna de esas letras y, por tanto, había que aglutinar a todo el mundo en la letra “x”.

Sin embargo, esto acarrea un problema y es su dificultad de pronunciación. Es por ello por lo que, en su defecto, hemos aterrizado en el (pen)último invento del progreso. Un descubrimiento a la altura de la llegada del hombre a la luna (aunque Casillas lo ponga en duda), al nivel de la invención de la imprenta o de tal magnitud como las fotos en twitter de Theo Hernández (bueno igual no tanto).

Se trata, señoras, señoros y señores, de la letra “e” como “NEUTRO”: una especia de bálsamo de Fierabrás, cura de todas las desigualdades. Ante la duda, no la más peluda, sino la “e”.

No hace falta repetir mil veces más que en el español no existe el género neutro y como hacerlo sería dar una explicación sobre algo tan vejatorio, me abstengo de que me llamen facha otra vez. Simplemente reitero que me resulta curioso que haya sido la “e” con el argumento de "porque está entra la “a” y la 'o'". ¿Y entonces por qué no es la “i”? Vaya usted a saber si en unos años será la “u”.

Parece una broma, pero sobre la mesa está la opción de modificar al completo la Constitución (qué es eso) para incluir el género femenino. Con dos objetivos: el primero, hacer un tocho el doble de grande que el que tenemos ahora, y el segundo y más a la vista, el de llevar a cabo la política de GESTOS que define a la perfección el Gobierno del Señor Pdr Snchz.

Ya consiguió llegar a la Moncloa para hacer su Gobierno “feminista”, que sería una idea FASCINANTE si no fuera porque para lograrlo echara mano de imágenes irrelevantes, de nimios gestos como este que no hacen sino convencer a los ignorantes, porque a esa meta solo se llega con POLÍTICAS, con LEYES que nos hagan desembocar en el fin de la lacra machista. Hasta entonces seguirán creyendo que con la “e” al final de las palabras es suficiente para erradicarla.

Pero, como dije, no es el género el único problema que presenta esta moda de hablar mal, de competir por decir la mayor burrada lingüística que se haya escuchado. Basta ya de jugar a eso. 

El femenino de portavoz no es “portavoza”, ni el de miembro es “miembra”. Ya está bien de pensar que algo lo “dijistes”, que algo lo “caíste” o que “hubieron” cambios (esto último va por vosotros, comentaristas). Porque si ya ni los periodistas hablan bien, igual el problema es más serio de lo aparente.

Sinceramente solo deseo que alguna vez todo dé la vuelta. Al igual que regresaron los Pokemons, al igual que volvemos a disfrutar de los pantalones ajustados, ojalá regresen las oscuras golondrinas que traigan consigo el hábito de hablar y escribir bien.

Ya vendrán los cambios si tienen que venir, pero hasta entonces no cuesta NADA hacerlo bien (también en twitter, aunque cueste), porque no es más caro ni más difícil, aunque con ello te tomen por anticuado, por empollón y listillo. Siempre será mejor pecar de audaz que de ignorante, al menos desde mis gafas.

Ahora que cada uno elija su camino. En fin, que ay que avlar y escrivir vien.

lunes, 16 de julio de 2018

CAPÍTULO 60: Un Mundial da muchas vueltas

Capítulo 60

Un Mundial da muchas vueltas


"Cuando tienes la seguridad de haber hecho las cosas con responsabilidad y convicción, hay que seguir adelante" (Luis Rubiales, tras perder contra la todopoderosa Rusia)



Todos tenemos olores que asociamos a determinadas cosas. En mi caso, hay uno en concreto muy significativo: el de la crema solar. Me recuerda que el verano está a la vuelta de la esquina. Cuando llega junio y me la echo por primera vez para bajar a la piscina, me vengo arriba, sabiendo que, otro año más, comienza mi estación favorita y, con ella, las vacaciones. Pero, en este caso, acompañadas de un gran aliciente.

A la mayoría nos ha pasado. Hemos estado esperando ansiosos a que llegara este mes de junio y julio por una cosa, además de por el calor y porque terminaba de una vez el infierno de la rutina de los últimos nueve meses.

Y no, no es lo que estáis pensando. No estábamos esperando el verano para ver vuestros bikinis en exclusiva, ni las cien historias diarias que subís a Instagram en cada sitio que pisáis (ni siquiera esas que ponéis con tanto empeño a las seis de la mañana pisando la arena de la playa un día sí y otro también para que veamos lo bien que lo pasáis y vuestra capacidad de aguante nocturno). No es eso. Hablo de un invento que traspasa las fronteras terrestres, marítimas y aéreas, en el que se congregan millones de personas enfrente de un televisor y que tiene a todo Twitter en vilo, desarrollando su ingenio en su máximo esplendor.

El Mundial. O lo que es lo mismo, un mes de fútbol, sesenta y tres partidos con la intención de no perderte ninguno, aunque con la certeza de que o bien vas a decantarte por ir a la piscina antes de un Suecia – Suiza o te vas a quedar dormido con un España – Rusia (como para no hacerlo). Y si no, ya se echa la siesta Maradona por ti. 

Porque este Mundial tuvo sus cosas inéditas: por supuesto, el VAR. ¿Qué habría sido sin él? Pues a saber. Igual sin VAR habría ganado el Mundial Marruecos, Ronaldo habría sido el MVP y Camacho habría llegado a decir algún comentario con sentido. Quién sabe, puestos a imaginar. Pero con él, y esos maravillosos segundos de intriga en cada decisión, nos hemos dado cuenta de que el fútbol va a cambiar (querido Ney).

Pero también las tradiciones. Una de ellas anunciada, desde que vimos cómo el balón se escapaba de las manos mantequillosas de De Gea, cual colibrí. Ahí ya pudimos vislumbrar que nuestro camino en Rusia iba a ser más corto que un gnomo cagando y sin gorro. Algún iluso (los que escuchan a Carreño) aún creyó que cuando el VAR nos llevó al lado “fácil” del cuadro, íbamos a llegar a la final con la gorra. Pero enfrente teníamos a la todopoderosa Rusia.

Nos eliminó claramente la mejor selección del Mundial. Esa Rusia con una forma fantasiosa de jugar al fútbol, ese grupo de jugadores impronunciables que desde antes de empezar la competición ya metían miedo… No pudimos con ellos. Ya fuera Hierro, Rubiales, Putin o el amoniaco, pero nos quedamos fuera. Pero no pasa nada, porque los 12.555 pases, el 99% de posesión y el premio fair-play nos dejan contentos. Como para no estarlo.

Pero muerta España, llegaban los cuartos. Y es lo bonito del Mundial: las selecciones se van, pero tú te quedas y, como todo en la vida, tomas partido con el equipo que más te cae simpático o, lo que es lo mismo, hateas al que tiene las estrellas del equipo al que odias. A partir de ahí, vives con intensidad cada minuto, gritas el gol de Kroos, te tiras de los pelos con Sampaoli (porque él no puede), disfrutas del contragolpe de Bélgica y das vueltas como Neymar.

Hay miles de formas de vivir un Mundial, pero todas pasaron por un sonido: el del mejor narrador de todos los tiempos. Todos los españoles suspiraban cada día porque llegaran las ocho de la tarde para escuchar a Carreño. No aprendías un huevo de fútbol, es cierto, pero acababas el partido sabiéndote de memoria la parrilla de Mediaset, disfrutando del embarazo de la Rebe y descubriendo el secreto de Paula. Todo ello escoltado por un Camacho que también quiso dejar sus perlas. Vamos a recrearnos en algunas de ellas:

  • “Giroud es un delantero atípico. No lleva gol”. No tan atípico, que se lo digan a Benzemá
  • “Sabíamos cuál iba a ser el primer partido del Mundial por el sorteo, pero no la final”. Se equivoca, Roncero sí lo sabía.
  • “Se va, se va (el balón)”. La jugada acabó en penalti contra España.
  • “España quiere jugar por tríos”. Encima, salido.
  • “Han saltado espontáneos al campo vestidos de policías”. Impecable
  • “No hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe”. Él también se lo temía. 



Aunque, con todo, fue divertido y se echará de menos. Toca levantarse y ver que Francia no juega a las dos, pensar que Arabia Saudí y Egipto ya no se colarán en tus siestas y que esas quedadas con amigos al anochecer seguirán surgiendo a lo largo del verano, pero ya no con el partido que, aunque no te interesara el vencedor, te hacía disfrutar del fútbol. Al igual que en los Juegos Olímpicos, es algo que ocurre cada cuatro años pero que, por ende, se disfruta el cuádruple

Ahora solo queda esperar a 2022 para disfrutar de otro Mundial que, desde ya, promete: habrá que acostumbrarse a ver los partidos con pijama gordo y no con chanclas, en plena primera evaluación, pero con la motivación intacta de saber si Silva e Iniesta vuelven a ser titulares en el primer partido (y en el segundo, y en el tercero...), de ver si Ronaldo ya se ha afeitado la perilla y, por supuesto, de saber si para ese año Camacho ya ha aprendido a nombrar a 'Trippier' y a su vez nos anuncia que ya parió la 'Rebe' y que arranca una nueva edición de Ven a Cenar Conmigo, ‘Gurmet edishhion.

viernes, 13 de julio de 2018

CAPÍTULO 59: El amor no es cronológico

Capítulo 59

El amor no es cronológico


"Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón" (Mario Benedetti)


“Aún recuerdo ese beso en el que decidí jugarme todo por amor. Desde que le conocí, parecía que estaba hecho para mí. Quedábamos todos los días, hacíamos locuras, me hacía sentir como nadie hasta ese momento. Había tenido relaciones pero nunca nadie así, y por fin tenía una persona con quien compartir largas charlas con un café en la mano, eternos paseos por la playa que ya nunca se me borrarán de la retina. Pero había un detalle, ese que no pudimos superar...



Dos niños se besan, sin importarles lo demás
Ya no hace falta recordar lo que es estar enamorado. Todo el que alguna vez ha disfrutado (y sufrido) esa maravillosa sensación sabe de qué hablo. Ese instante en que el pulso se te acelera cuando ves a la persona que amas, se te eriza la piel al pensar en él, incluso se te cambia la cara. Ya sea de un hombre o de una mujer, de alguien de tu mismo o distinto sexo, rubio o moreno, africano u oriental. No hay amores más amores que otros. Porque a estas alturas de la vida, si aún alguien cree que el amor es solo lo que aparece en los cuentos de princesas, no ha aterrizado a este mundo. Y a veces las historias vienen protagonizadas por personas diferentes en un determinado -y para algunos fatídico- aspecto.




"(…) Solo había un problema. Sentíamos que todos nos miraban, a todas horas, a todos lados. Sin disimulo, nos hacían notar que nuestra diferencia de edad no estaba bien vista (...)".


Sé lo que cuesta, de verdad. Reconozco que a veces es difícil de entender, hasta que al final uno acaba experimentándolo en sus propias carnes. Y ahora es cuando me dirijo a ellos, los que cuando ven por la calle a dos personas juntas de edades notablemente diferentes dejan escapar la risa al aire, bañada de incomprensión, irreflexión y mezquindad.
¿Hay algo malo en que una chica de dieciséis años charle con uno de veinte? ¿Es un delito, acaso, invitar a un helado a un chico tres, cuatro, siete años mayor que tú? ¿Es motivo de mofa el que una persona de dieciocho años dedique poesías a una de quince? Pues para algunos lo es –lo digo por experiencia–, que son aquellos que desconocen el significado de la palabra amor, ni quieren descubrirlo, pues su mayor propósito es conseguir que las relaciones de los demás se vayan al traste porque no son capaces de fabricarse la suya propia. Es más fácil destrozar las ilusiones (y las poesías) ajenas que crear unas propias.

¿O es que el amor tiene edad? Quizás es momento de reflexionar y respetar que quien trata con chicas más pequeñas no es ningún pringado, que quien ama a chicos más mayores no es más aprovechado, ni que las chicas que salen con hombres mayores lo hacen para pegar ‘el braguetazo’, y a su vez ellos se convierten en unos asaltacunas.

No es así y diré una cosa. Puede que (el famoso) Cepeda sea un soso, cante mal, o tenga menos garbo que un saco de patatas, pero quien le asigne tal adjetivo (el de asaltacunas), como he leído y oído más de una vez, no tiene ni idea de lo que es amar y me atrevería a decir que ni merece averiguarlo.

Por ello, ante eso, solo queda dejarles que se hundan en su profunda ignorancia. Dejarles que especulen, que critiquen, que piensen que esa historia no puede ocurrir por el simple hecho de que en su DNI aparezca una cifra diferente a la tuya. Porque detrás siempre hay una historia, siempre; un porqué que desconocemos y que ha hecho que esas dos personas se junten y sean felices, por mucho que a algunos les cueste tanto comprenderlo, y tan poco juzgarlo.


"(...) Nunca discutimos, nunca nos echamos nada en cara, pero esas miradas llenas de prejuicios pesaban demasiado. Me decía que era mayor para mí, que me estarían esperando chicos de mi edad. Ya ves tú que tontería. Pero en el fondo sabía que él no lo pensaba, que solo decía lo que oía por ahí. (…)”.


El problema llega cuando esas miradas, esos comentarios inconscientes, pero a la vez lacerantes, pueden a todo lo demás y tomas la decisión de rendirte. Y, con ello, quedarte sin conocer qué hubiera sido si llegas a quedar con aquel chico mayor, que te quería, que te hacía sentir como nadie, solo por coger el camino fácil y desoírte a ti mismo: el de ignorarle por el qué dirán (sí, estoy seguro de que te acuerdas).


"(...) No obstante, no le convencí. Y todavía no lo he superado. Siento que aún guardo mucho amor hacia él, que aún nos quedaba por vivir mucho, más bien todo. Me siento perdida, esperanzada de que en un tiempo pueda cambiar de opinión, abandone esos pensamientos y poder volver a juntarnos. Porque hay algo peor que dejar una relación cuando las cosas van mal: hacerlo cuando las cosas no podían ir mejor”.


Me niego a creer que algo tan insignificante como un número sea capaz de echar por tierra algo tan maravilloso (y sufrido) como es el amor. Porque quién sabe. Puede que alguien capaz de sortear esas cifras insignificantes, llegue a encontrar una breve historia de amor que dure toda la vida.


La historia de amor









lunes, 9 de julio de 2018

CAPÍTULO 58: La razón está echada

Capítulo 58

La razón está echada



"Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro, y si no lo sabes, eres un tonto" (Confucio)




No pasa nada, de verdad. Sé que en este momento te estarás preguntando cómo se te ha podido pasar otro año más y te reconcomes porque no vas a abandonar la lista negra. Te entiendo, pero ya es diez de julio, no hay vuelta atrás.


La ruleta... ese elemento de perdición

Y os preguntaréis, ¿con veintiuno, qué? Pues, sinceramente, debo de seguir igual de trastornado porque, por segundo año consecutivo, dedico los primeros minutos de mi nuevo año a escribir en este portal que ni me va a sacar de pobre ni me va a dar fama, pero que servirá para amenizarle a más de uno estas noches de verano, algunas pletóricas, otras insípidas, y otras, en el Luckia.



Sí amigos. Esas madrugadas a la luz de la luna cazando Pikachus y acorralando charmanders pasaron a la historia. Ya no hay nada como entrar en uno de estos locales que se han convertido en el nuevo punto de reunión de los chavales para dejarse llevar durante un rato, inconscientemente de lo que eso conlleva. Hablamos de una de las prácticas más novedosas de los últimos tiempos en los jóvenes, hasta el punto de que en Madrid ya hay una por cada diez habitantes: las casas de apuestas

Qué sensación de poderío genera desde que entras por esa puerta. La máquina te espera ansiosa a que la toques como si no hubiera un mañana (eso dijo ella) y para que metas una de esas combinadas imposibles que nunca van a salir. Es más fácil que Roncero acierte una primitiva. Y además lo sabes, pero como juegas un euro, pues qué más da. A la aventura.

La mecánica siempre es la misma. Vas metiendo partidos, ves que la cifra de ganancia  (ficticia) aumenta, pero va más lenta que Koke reculando, y sientes la necesidad de jugar más resultados.

Métele al Bayern, que se paga a 1.30 y gana fijo; Madrid y Valencia marcan ambos porque no juegan ni Benzemá ni Vietto, y mira a ver que creo que a las nueve juega el Milan y me ha dicho mi amigo de Erasmus que están en racha”. Todo esto mientras unos galgos echan carreras en la televisión, cuatro frikis apuestan en directo a mi lado, lo que me obliga a concentrarme el triple. Al final, siete partidos porque te has ido hasta de la liga indonesia con la intención, incluso la certeza, de que se te va a joder antes de llegar al séptimo.

Introduces el euro, los dos o los cinco, en función de cómo te falle el olfato, lo revisas siete veces no sea que hayas puesto que el Atlético mete más de dos goles y le das a ese fatídico botón de imprimir boleto. La suerte está echada y el dinero, perdido.

Por ello, es momento de ampliar el círculo. Porque si llega ese momento en el que por fin te das cuenta de que la suerte no acompaña en el fútbol, ves la luz en ese corro de pantallas que rodean a esos números provocativos. Es la hora de acudir a la ruleta: un juego educativo, que sin duda fomenta el intelecto y desarrolla la capacidad cognitiva de cada uno. Ese instante en el que te tienes que decidir entre rojo y negro es fatídico; solo está al alcance de grandes pensadores. Ni siquiera Einstein se sometía a tales dilemas.

Hasta ahí todo bien, incluso mejor cuando después de oír el ‘no va más’ y ver a la bolita rodar, el saldo es positivo. Se produce una sensación de euforia, acompañada de un “vamos a probar otra vez”. Y muy pocas veces la avaricia deja el saco sin romper.

Porque puede que a veces uno salga de ese local triunfante, victorioso por haber logrado volver a casa con más dinero del que salió, pero consciente de que es ficticio, pues se irá en la próxima sesión. 

El juego puede estar bien, hasta que se convierte en adicción, en algo lúdico. Mirar la cartera, ver que quedan veinte euros y apostarlos a otra cosa. Veinte o cinco, es lo mismo, porque la patología no se mide por la cantidad, sino por el grado de disrupción que tenga el juego en la vida de cada uno.

Y ante eso es momento de reflexionar si a esta edad la apuesta es la mejor opción.  ¿No hay suficientes entretenimientos en el siglo XXI que con dieciocho años tu mayor diversión sea apostar al 35? ¿No sería más conveniente y juicioso gastarse diez euros en una cena con amigos que en el color negro? Quizás, antes que darle a un botón que decida el destino de tu paga en los próximos quince segundos igual es mejor pensarSí, esa palabra mágica tan obsoleta que explica el éxito de esta práctica. Porque, hoy en día, solo triunfa aquello en lo que no hace falta pensar: el fútbol, los vídeos, los móviles, y las ruletas.

Sobra decir que cada cual es responsable de gastar el dinero en lo que estime conveniente. Al fin y al cabo, el dinero no te hace feliz, pero relaja los nervios. Salvo cuando se escapa por esas ranuras hacia una ruleta, ahora con tinte divertido, pero quién sabe si en un tiempo, hacia una ruleta rusa en la que echas la suerte y puedes llegar a perder no solo el dinero, sino también la razón.