jueves, 1 de agosto de 2019

CAPÍTULO 68: Sánchez pa tu manaa

Capítulo 68

Sánchez pa tu manaa


«He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria como para dejarla en manos de los políticos» (Charles de Gaulle)




Sánchez evita a Iglesias
No insistáis más. Ya nos hemos dado cuenta todos. Una vez está bien, dos es hasta gracioso, pero a partir de ahí uno empieza a traspasar la delgada línea del cansinimo. Después de pensar que con el "pon un emoji y te digo las preguntas" ya habíamos tenido suficiente este verano, llegó el penúltimo iluminado que se levantó con la neurona cambiada a decirnos que sco pa tu manaa. Esa expresión que primero pensamos que era un insulto y luego vimos que era la enésima tontería, de la que una vez más nos íbamos a enganchar.

Y así mantenernos entretenidos para olvidarnos de la realidad que nos acompaña, que no mejora con los años. Más bien va a peor. Hace no mucho escribí que la clase política era decepcionante. Tampoco descubrí el mundo con ello. Pero tres años después me he dado cuenta de que me quedé corto. No tenemos Gobierno, otra vez, porque en este país nadie es capaz de ponerse de acuerdo. Ni ellos, ni nosotros.

Desde hace un tiempo hemos dejado de escuchar aquello que no es sinfonía para nuestros oídos. Somos incapaces de debatir sin disucutir; incapaces de valorar lo que dice la opinión contraria; incapaces de ceder; incapaces de no mirarnos el propio ombligo. Incapaces de aceptar que hay gente que piensa distinto a nosotros. No hablo solo de política, hablo de nuestro día a día.

No hay cosa más triste que ver a dos amigos no hablarse por "política". No hay mayor decepción que una familia enfadada por "política". Y siempre le echamos la culpa a ella, a la política, cuando la responsabilidad está en los que no saben practicarla. Y con los referentes que tenemos ahí arriba, en ese Congreso convertido en el Circo del Sol --con respeto al circo--, que pasan más tiempo criticando que solucionando, mal nos irá. Noventa días después de votar, estamos como estamos: rezando para que en noviembre no tengamos que repetir tal tarea, aunque algunos ya tenemos muy claro que no lo vamos a hacer. Por tres razones.

La primera, pero no la única, aunque sí la más importante, porque sería un insulto. Nos enfrentaríamos a las cuartas elecciones en tres años, con el dineral y, sobre todo, la crispación que eso supone. Se han reído de nosotros y cada vez que salen a dar declaraciones resultan más impertinentes, malsonantes y demagogas. No merecen que nos esforcemos en hacer un sobre con o sin papeleta.

La segunda, porque no hay a quién votar. No podemos votar a un partido que retrocede en derechos sociales, y que hace imperar un discurso en el que está la rojigualda y nada más. No podemos votar a un grupo que aterriza en el Congreso a golpe de "no más sillones" y que impide el Gobierno precisamente por no tener los sillones que querían. "No nos representan", dicen, pero tampoco son capaces de representar.

No podemos votar al partido de la regeneración, que no regenera, pero menos aún votar a quienes viven en la selva sin leyes. Tamopco a proetarras, ni a quien está más preocupado de Cataluña y Venezuela antes que del resto de mortales. Aunque de mortales sabe mucho el Señor Sánchez, cuya única obsesión sigue siendo alguien que ya no vive, que lleva cuarenta y cuatro años muerto y que ha sido incapaz de mover del Valle de los Caídos, pese a que significaba la medida estelar de su programa electoral. Es una incongruencia que Franco continúe ahí y por eso este Gobierno (en funciones) es todavía más estéril.

Y la tercera, porque los domingos son para el sofá y para pasar la resaca aquellos que se pasaron la noche subiendo historias a Instagram. No para acudir al colegio --alguno ya habrá ido más veces a votar que a clase-- a ejercitar la democracia. Igual es momento de que nosotros dejemos de practicarla y lo hagan los que realmente mandan. Que ya es hora.

Hablamos de izquierdas y derechas como de amapolas y girasoles. Hablamos de fachas como si fueran caramelos. Unos de naranja y otros de manzana. Insultamos al contrario a la mínima que tiene algo que no nos gusta. Y todavía habrá gente que se sorprenda de que no haya Gobierno. Lo raro sería que lo hubiera. No hace falta votar cada seis meses para comprobar que somos incompatibles; que un lunar que hace diferente a alguien para nosotros es un volcán. España no ha aprendido a vivir en diversidad y el bipartidismo es una realidad más cercana de lo que muchos piensan. El experimento no ha funcionado, culpa de quienes precisamente quisieron romper con él, y por momentos lo lograron. Pero tiene los días contados.

Así que después de hacer sesenta y ocho artículos opinando o, mejor dicho, haciendo sco pa tu manaa (de las cosas que uno se da cuenta a estas alturas), estoy satisfecho. Gracias a este nuevo invento, la gente ahora opina de los temas con entusiasmo. Con mayor o menor razón, no lo sé, de lo que estoy seguro es de que no le tiraré los trastos a la cabeza a aquel que opine diferente, que exija otras cosas, que piense distinto. Ni le bloquearé, ni le negaré el saludo. Lo último que haría sería enfadarme con un ser querido por política. Que lo hagan ellos, los responsables. Los que no merecen que gastemos más líneas escritas, más repulsas ni reprimendas al de derechas ni al de izquierdas, ni papeletas depositadas en urnas llenas de ideas, pero vacías de utilidad, como ocurrió, otra vez, este mes de abril. Ahora es tu turno de opinar. Sco pa tu manaa: Pedro Sánchez.

jueves, 25 de julio de 2019

CAPÍTULO 67: Cuando la música no amansa a las fieras

Capítulo 67


Cuando la música no amansa a las fieras


«Estoy enamorado de cuatro babies. Siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero» (Maluma, en Cuatro babies)


El Reggaeton no es lo que piensas

“Siempre hacemo’ la 69”, “Yo siempre la estoy esperando con mi pistola”. Podríamos estar hablando de los cantos gregorianos del siglo XIII, de la novena sinfonía de Betthoven o de la última perla de Freddy Mercury. Cualquiera de ellos podría haber firmado estas sentidas palabras, estas admirables estrofas, de bella factura, acompañadas de una sinfonía celestial para nuestros oídos. Es cierto. Quizás estoy exagerando en elogios, cuando en realidad aquellos individuos no les llegaban ni a la suela de los zapatos a Ozuna, Paulo Londra o Bad Gyal. Así que, si se han sentido ofendidos estos últimos, les pido mis más sinceras disculpas. 



A ellos y a los millones de oyentes que llenan de escuchas las canciones de los nuevos reyes de una música educativa, formadora, sensible y, sobre todo, feminista, dónde va a parar. Seguramente es por eso por lo que todos (y todas) las cantan y bailan. En un mundo cada vez más preocupado por la igualdad, por eliminar los comentarios obscenos, machistas (los micromachismos, que los llaman así), sin duda una buena forma de hacerlo es dejar en el primer puesto del ranking en España 'Callaíta' seguida de 'A chuparla' o 'Mía Na Ma'.

Tomándonos la cosa en serio, pese a que no se lleve, es momento de empezar a reflexionar sobre este tema. No va con ser feminista o no, sino con ser coherente. No podemos echar la culpa a Carolina, a la que había que tratar bien “que al final te tendré que comer”, por ser machista y cubrir de rosas a Bad Bunny. No podemos machacar 'Y si fuera ella', de Alejandro Sanz –un hombre machista, sinunaduda-- y dejar escapar por la rendija a Maluma Baby. ¿O es que entonces no podemos dejar a nuestros niños que escuchen a M Clan, pero sí a J Balvin y su 'Se pone coqueta la nena'? Igual antes de hablar, hay que pensar.

Todo el mundo es libre de escuchar, cantar, bailar lo que quiera. Los que no pensamos como vosotros también, que no se os olvide. Y también de escribir, pensar y actuar. Pero alguno falla tan repetidamente a su coherencia que ya corre el riesgo de que no le tomemos en serio. Esto es como el que crea un bot de una guerra civil, se va a Comillas y la deja a medias. Un poco de rigor nunca vendría mal.

Las canciones de Maluma son machistas. Creo que en eso estamos casi todos de acuerdo. Eso no quita que no se puedan bailar, perrear e incluso hacer el acto con ellas. Pero, ¿tiene algún sentido hacerlo y después criticar que alguien ha publicado un comentario machista en las redes? ¿Dónde está la coherencia? ¿Puedo gritar a los cuatro vientos “me gustan grandes, que no me quepan en la boca”, pero luego bloqueo a una persona que se le ocurre poner que no le gustan las chicas gordas? ¿Se imaginan ser un fiel defensor de la igualdad de razas y cantar estrofas racistas?

Es evidente que, hoy en día, la música no es como era antes. Lo he admitido. Mis listas de spotify cada vez están más envejecidas y mi radio ya solo coge Kiss FM y Los 40 Classic. Es cuestión de gustos. No puedo evitar que cuando escucho esa voz empapada de Autotune entonando una frase en un idioma desconocido para mí y para la mayoría que no va envuelto de “M” mis oídos se cierren y mis ojos ensordezcan. Pero hay algo que soporto aún menos, que no tiene que ver tanto con esos sentidos, sino con otro: el sentido común.

No me vale idolatrar a Maluma y exhibirte como firme defensora de la libertad de la mujer. No vale tatuarse el tema 'Bebé', de un tal Anuel, que muestra a la mujer como infiel y viciosa (“Hija de Lucifer”) y plantarte en la primera fila en la manifestación del 8-M, porque quieres protestar ante esta sociedad machista y patriarcal, como si supieras de que se trata. ¿Exageración? Ninguna. Tener interiorizado estas letras y canciones no exime de reconocer que todo esto va hacia la dirección equivocada, por mucho que esté normalizado.

¿Prohibir el reggeaton? Nunca será la solución. Tampoco impedir a los niños que lean Caperucita Roja ni la Bella y la Bestia. Ni la pornografía por el hecho de que ahora parece que por su culpa algunos se vuelven violadores. Por esa regla de tres, los juegos de guerra les harían más violentos. ¿Hay que prohibirlos? Creo que no. Porque más allá de una letra de canción barata, de una sintonía tuneada o de groserías varias, no deja de ser eso, canciones: mundo irreal. Pero en tiempos en los que las relaciones son el Whatsapp, la felicidad son los me gustas y el feminismo no se escenifica con actos, sino con 280 caracteres, cada vez está más cerca que ese mundo irreal se convierta en realidad.

jueves, 18 de julio de 2019

CAPÍTULO 66: Diversión entre 'Comillas'

Capítulo 66


Diversión entre 'Comillas'


«Las redes sociales sin objetivos son como una silla mecedora: mucho movimiento pero no te llevan a ningún lado» (Pedro Rojas)



Segundo miércoles de julio por la noche. Nos llegan noticias frescas desde Comillas, Cantabria. Más del 50% de las parcelas están ocupadas para vivir la mejor fiesta del año, solo comparable al Arenal Sound o, si me apuran, a las del barrio Pajarillos. Este año no hay duda, toca petarlo -si se encuentra sitio, claro- y para ello solo hace faltan dos cosas: un Smartphone con batería y una buena tarifa de datos.

Qué bonito y qué molón es pasarse el verano entre resaca y resaca. ¿No te la coges este sábado? Qué aburrido. Entre fiesta y fiesta del pueblo de aquí y el de allá, y de ese del que no te acuerdas del nombre o bien porque ibas hasta el gorro o porque tenía más letras que el coche que tus padres todavía te están pagando.

Es una buena forma de pasar los meses, salvo para tu hígado. Pero no nos olvidemos de que nada de esto tendría sentido sin que se entere el resto. Tú no has ido a un sitio si tus 8.000 seguidores no han ido contigo y disfrutado de tu estado de júbilo en cada minuto. Playa, historia; barbacoa, historia; Bacarrá, historia; Amanecer, historia con la hora para que veamos que eres la hostia y que pa insomnio, el tuyo. ¿Pero tú que verano de mierda has tenido que no has subido ninguna storie?

Aunque reconozco que, dentro de la obsesión acuciante de impresionar a propios y extraños (la mayoría, extraños) con tus juergas llenas de luces y de cachis (que no falte el vaso en mano), hay otro aspecto todavía más preocupante. Y es el hecho de que, al minuto de subir la historia a Instagram 'dándolo todo', ya haya cien personas que se lo están pasando """"tan bien"""" que la han visto. Es tal su diversión en ese momento que se meten en Instagram a ver qué ha subido la gente. Sin duda, lo que uno hace cuando está muy entretenido. Olé sus bemoles.

Nunca está de más hacer ver a la gente que lo pasas bien, es sano, aunque pienso desde hace mucho tiempo que la vida en Instagram es ciencia ficción. El proceso es el siguiente: colgar algo que a tus seguidores les cause la sensación de "qué envidia que él hace esto y yo no" y, en la mayoría de casos, esperar a que sea respondida por esa persona que deseas (casi siempre se sube con esa intención) y alcanzar el clímax. Y así una tras otra en una maravillosa noche de fiesta de la que todos nos hemos enterado, incluso me atrevería a decir que más que tú.

Con ello nos hacemos la pregunta. ¿Dónde está el límite? ¿Por qué sentimos la obligación de que todo el mundo vea lo que hacemos en cada momento? ¿Nos hace más felices pasarlo bien o que el resto lo sepa? Hace años esa segunda hipótesis no era posible, pero con la llegada de las redes esto se ha convertido en una obsesión difícil de curar, que nos llevará al engaño, a la felicidad fingida. Es más, nos preocuparemos los demás cuando llegue el sábado en que esa persona no suba nada. Pensaremos que hasta se lo estará pasando bien.

O quizás se haya marchado a Twitter a contar las penas. Es la gran contradicción de la vida internauta. Uno va a Instagram a contar lo bien rodeado que está, la gran cantidad de planes que disfruta y, en definitiva, lo excepcional que es su vida y ya después pasa por la red del pajarito a decirnos que ese día no ha quedado, que su mejor amigo es Netflix y que su depresión va en aumento cada día. Y ahora qué versión nos creemos. Esto es el completo veneno de la razón.

Vamos camino de no entender nada y, además, de no soportarnos. Hay que estar todo el día llamando la atención y de la manera más ridícula posible. En Twitter ya nos superamos. Lo último ya es subir una foto, generalmente faltos de ropa y con pose muy improvisada (ironía, por supuesto) para acompañarlo de una frase. “Qué mal me veo hoy” “Con esta pinta cómo me va a querer alguien” o, la mejor de todas: "No me gusta cómo salgo en esta foto, pero la subo porque quiero". Viva tú, valiente.

Desgraciadamente, Comillas acabó. Supongo que se lo habrán pasado bien, siempre y cuando hayan subido unas cuantas docenas de historias, y ahora toca buscar la siguiente fiesta para colgarla de pregón a cierre. Sin faltar detalle. Asistiremos con gran expectación a todas y cada una de sus obras artísticas, divertidas y originales con las que nos deleiten cada noche. Eso sí, tengan cuidado. Carguen bien el móvil, no sea que se apague y haya que levantar la vista de la pantalla. Puede que en ese momento, allí, ya se haya marchado hasta Poti.