lunes, 31 de julio de 2017

CAPÍTULO 51: Acompáñame a estar solo

Capítulo 51

Acompáñame a estar solo


"El secreto de una buena vejez no es otra que un pacto honrado con la soledad" (Gabriel García Márquez)



Ella mira el otro columpio, vacío,
iluminado por el Sol
Un buen día, el señor de la luz se topó de casualidad con la dama de la oscuridad y tras su fugaz encuentro surgió el amor. 

Fruto de esa unión nació una doncella a la que llamaron Penumbra. 

Como si de un hechizo mágico se tratara, se formaron sombras que fueron encargadas de acompañar a cada uno de los mortales a través de su corta existencia. 

R. Soto (blogdiario.com)

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Recapacitar siempre sirve, siempre. Y muchas veces una deliberación sobre cualquier tema vejatorio te acaba conduciendo al mismo punto: a la triste y pesada pregunta de “¿Por qué estoy solo?”.

Y no precisamente en el terreno de la pareja, sino en el del amor que, como vimos en [Dos amores: el luchado y el encontrado], se puede presenciar de muchas maneras en esta sociedad, cada vez más ansiosa por encontrarlo todo a la mayor brevedad posible y de la manera menos ortodoxa, por el simple hecho de conseguir un objetivo que a la hora siguiente puede haberse quedado obsoleto.

Y esa es la base de todo. Muchas veces nos sentimos solos, por fuera, pero también por dentro, que es cuando aparece la cuestión de "¿qué hago mal para estar así?", acompañada de otras muchas como la de "¿cómo es posible que entre los miles de millones de personas que hay en el mundo no haya una sola que me comprenda del todo?" o de "¿a qué santo tengo que rezar para que el que me gusta no pase de mí los días pares, y si tiene el –mal– día, también los impares?"

Desgraciadamente la solución no la puedo dar. De ser así, este blog ya sería más famoso que los andares del Sr. Rajoy o que la pluma de Boris Izaguirre. Pero sí podíamos ir descartando alguna ya sea por al menos por su ínfimo porcentaje de éxito.

Alguno debería darse cuenta de que hacer el malote para hacer cosas de buenos no sirve, o que llenar su teléfono de contactos solo es apto para que en su móvil ya no haya espacio para más canciones y Pokémons. Eso no evita la soledad, lo siento.

Alguna debería percatarse de que llevar la falda más corta no le hace irresistible, ni siquiera cuando se acompaña de un conseguido maquillaje. Porque por mucho que ponga empeño en conquistar, generalmente a los más mayores, deleitándolos con obsequios un día al año –claveles incluso– de poco sirve cuando en los 364 días restantes no les ha dirigido la palabra. Ni con sus mejores galas, señoría. Eso no quita soledad, siento disgustarla.

Y, en general, todos deberíamos fijarnos en que ser otro no vale, en que actuar como tu amigo por el simple hecho de que liga más que tú no te hace mejor, ni más feliz, ni mucho menos te hace estar menos solo. Puede que esto que digo no funcione, pero es posible que sí haya alguien, en el lugar que menos pienses y en el momento en que peor te venga que esté deseando hacer el plan que tienes en mente, ver tu película favorita o, en definitiva, pasar tiempo contigo. Que hoy en día está muy caro.

No hay cosa que más deprima –al menos a mi parecer– que, para lograr acercarse a más gente, te hagas pasar por quien no eres. Desde luego yo no me dedicaré a poner frasecitas que me hagan ganar seguidores, ni me vestiré de trapero, ni le enviaré la más bella de las flores a alguien con quien no he sido capaz de intercambiar más de dos palabras. Cada vez que me venga la cabeza esa maldita pregunta, no lo haré. No por ser ridículo, que también, sino porque no tengo imaginación para eslóganes triunfalistas, la gorra no me queda bien ni me entra en mi gran melón, y enviar una rosa al buzón de mi amada no ha sido ni de lejos mi mayor hazaña. Créanme que así es.

Tampoco sabría qué hay que hacer para sortear la soledad. Ni prácticamente nadie. De ser así, este artículo no existiría. Quizá es momento de darse cuenta de que este mundo ya ha cambiado. Que por muchas personas que haya en tu casa eso ya no significa estar acompañado, y que no salir de tu habitación ya no equivale a soledad. Ese afán por lamentarse de todo aquello que debe ser y no es, que pudo ser y no fue, conduce a soledad. Y eso que ya parece imposible estar solo, con tanta red para pescar. Quién se puede sentir solo cuando existe Twitter, Badoo, Canal Plus Liga o Saber y Ganar. Cómo es posible que, con los medios que disfrutamos, se sienta el mínimo resquicio de abandono. O es que quizá debiéramos de ver que la felicidad no la dan los likes, la popularidad no la otorgan los seguidores o la autoestima no la suben los comentarios. O simplemente rendirse a la evidencia de que lo único que nos acompañará toda la vida es nuestra sombra.

ANEXO: ESPECIAL 50 CAPÍTULOS (Parte 2)

Los primeros 50 capítulos de El Tuitero Resentido. 

¡Vuelve a leerlos!

Segunda parte (del 26 al 50)

sábado, 29 de julio de 2017

jueves, 27 de julio de 2017

CAPÍTULO 50: Twelve points go to...

Capítulo 50

Twelve points go to...


"Eurovisión no lo ve nadie" (La gente ingenua)


Massiel dio a España su primera
victoria en Eurovisión (1968)

Momento de hablar de algo interesante. Aunque, modestia aparte, todos los temas que trato lo son. O al menos la gente habla de ellos. Y exactamente eso ocurre con el fenómeno que hoy analizamos. Carece de interés público –y no público– durante 364 días al año y, cuando llega el DÍA D, todo el mundo lo comenta, toda la gente lo admira, los más críticos lo juzgan y los palmeros lo aplauden.


Y es que es el festival más popular que se conoce. Por ello todos ya creen estar capacitados para hablar, dialogar o incluso ‘ser un experto’ de ello. ¡Me encanta esa gente que es experto en todo! ¡Los ‘enciclopedias’! Da igual de qué les preguntes o el tema que salga que ellos, no solo tienen respuesta, sino que siempre están convencidos de que tienen la mejor.

A veces pienso si me gustaría ser como ellos. Ahora, con las redes, y la más que postureada libertad de expresión (no se equivoquen, la libertad de expresión no nació con twitter, aunque corre el riesgo de que muera ahí), todo el mundo hace como que sabe de todo, incluso más que los expertos en el tema en cuestión.

Si sale un licenciado en economía a decir que los datos del paro son positivos, ya están ellos para decir que no lo son. Si un actor dice que en el cine se vive bien, ya salen ellos para negarlo (quien mejor que ellos que, al contrario que el actor, viven la profesión desde dentro). Si un tenista dice que los plátanos son buenos, dejan de serlo porque en twitter es TT #BananasNO. Ellos no se equivocan nunca, aciertan siempre, rara vez no tienen razón. En fin, ya saben, aprendiz de mucho, maestro de nada.

Pero vayamos al tema. Sí. Me refería a Eurovisión. Esas tres, cuatro horas que, aunque te dé igual quién gane, ignores que Australia ya forma parte de Europa, o no te guste la música –o peor aún, te guste el trap–, pasas entretenido, inexplicablemente. Eso sí, con compañía y una buena dosis de memes.

Aunque, como bien he resaltado, Australia desde hace unos años ya es europeo. Al igual que Azerbaiján, y dentro de poco, Cataluña, país con el que Manel Navarro obtendrá los mejores resultados (no porque con España haya quedado último, sino gracias a la ayuda que recibirá del maestro Guardiola). Eurovisión se ha convertido en el tercer organismo del mundo de acogida –en este caso de países–, detrás de ACNUR y la casa de Ada Colau.

Eso sí. No están ahí por estar. Los países digo. Tienen que pasar su semifinal, como todos, excepto el llamado ‘BIG FIVE’, que no es lo último del Burger King, sino los cinco países que pasan directos. Entre los que se encuentra España ya que, de no ser así, la última final disputada hubiese tenido como representante a Massiel. Chikilicuatre ni existiría.

Podríamos decir que España en Eurovisión es como las carreras de Alonso cada fin de semana, con perdón de España. Actúa por nombre, cae simpática y no recibe puntos. La única diferencia es que España las carreras –en este caso, actuaciones– sí las acaba, aunque el motor sí que a veces otorga algún susto, en forma de gallo.

Es increíble. Por qué nos gustará tanto verlo si no ganamos. O es que cada vez somos menos españoles, o que hacemos tanto el ridículo que cuanto más abajo quedamos mejor (cuanto peor, mejor). Porque el verdadero problema no es que España quedara la última, sino que nos mofamos de ello. Más incluso que del mono del italiano o de los gritos de Heidi de Rumanía.

Pero cuando llegan las votaciones empieza la emoción que solo el verdadero Eurofan puede sentir. La tensión de que gane tu canción favorita y si no es así es que es un tongo. Van pasando los países, ves quién pronuncia peor el inglés, presencias que tu canción cada vez está a más puntos que la que va a ganar –que se conoce desde el tercer país que interviene–, y solo te queda confiar en el televoto.

El dichoso televoto. Esa cosa que se han inventado para que el jurado pueda votar aparte, en teoría para evitar que gane el horror que más engancha, que se vote al país vecino, o que venza el personaje que más pintas tenga. Y todo ello para que gane Eurovisión una canción que duerme a las ovejas, para que Chipre siga dando doce puntos a Grecia y para que el festival se lo lleve una mujer barbuda. Historias de Eurovisión.

Que tiene ese algo que engancha, no sé ni por qué ni cómo, pero que a alguno le hace pegarse al televisor durante cuatro largas horas. Y todo para que al día siguiente todo ya sea historia y te suene el despertador –tarde eso sí porque es domingo– con la serenata de Bad Bunny y te salte en notificaciones ese pesado que por twitter ha dicho que esta edición de Eurovisión ha sido la más patética de la historia, con la única razón de “porque lo digo yo”.

lunes, 24 de julio de 2017

CAPÍTULO 49: Continúa en rojo

Capítulo 49

Continúa en rojo


"Me levanto. Soy machista, mal humorista, pésimo usuario de la ironía y muy mala persona. Me vuelvo a acostar" (Arturo Pérez Reverte, escritor, miembro de la R.A.E)






Semáforo con siluetas femeninas.
Está en rojo
Llegado el punto en el que la sociedad lo único que tolera es la famosa libertad de expresión –siempre y cuando esa expresión coincida con la suya–, no me sorprende que ya cualquier acto que antes pasaba desaprcibido, el más mínimo detalle que en otra era suponía algo insignificante, ahora sea Trendin Topic en pocos minutos.


Me consta que es así, y eso provoca que muchos vivamos con tedio a enfrentarnos a esa nueva realidad. En este caso yo, sexo masculino, si bien no ofende a nadie que lo diga, con miedo a que si voy sentado en el autobús y aparece una señora deba o no cederle el sitio. Con preocupación por si al entrar en mi facultad y viene una chica detrás debería dejarle pasar a ella o si, por el contrario, debería entrar yo primero como un elefante en una cacharrería. En definitiva, si debo pecar de educado o de machista, porque ya no existe término medio.

La lacra del machismo provoca escalofríos cada vez que se conocen datos, es verdad. Y lo peor es que parece inevitable. Hablo del verdadero “machismo”. Sí. Discriminar a la mujer. Ese que se nos viene a la cabeza cada vez que una mujer es violada, maltratada, asesinada. Una enfermedad que debiera ser lo que en verdad nos inquietara. Y que, al paso que vamos, tiene pinta de que mucho no va a aminorar.

Todavía hay gente que piensa que esto se combate con semáforos que lleven monigotes femeninos, con calendarios cuyos meses acaban en “a” o con veinte eslóganes que se publiquen en twitter para decorar la cuenta. Sirve, sí, para ganarte un minuto en la televisión con la idea más guay, más “progre” y más liberal del día. Todo ello después de que por enésimo informativo consecutivo, otra mujer haya sido víctima de violencia de género.

Es difícil que un movimiento como el feminismo avance sin una idea común. Se afirma que hay “varios feminismos”. Porque el problema no radica en el movimiento en sí, sino en la forma de mostrarlo. Y una gran parte practica el ‘falso feminismo’, el malo, y su 'modus operandi' es hacerse la víctima.

Aquellas que cuando un chico les mira los pechos (que no tiene nada que ver con tocar, que son palabras mayores), solo con mirarlos ya le llaman “acosador” cuando en su Instagram sale con una foto en sujetador y el letrero “mira qué mal me han cortado las uñas” (ella puedo enseñar lo que quiera, pero tú no puedes verlo). Ni aquella que cuando un chico les rechaza (cosa que al parecer ya no se puede hacer) se refugian en el victimismo, en que lo hacen por su deteriorado estado físico, cuando ella hace lo propio porque su pretendiente no es lo suficientemente alto (ella puedo rechazarte, pero si tú lo haces es ‘violación inversiva’).


Y yo en mi más profunda ignorancia me pregunto a qué lleva ese victimismo. ¿Hay algo más denigrante para una mujer que conseguir algo por el simple hecho de ser mujer? ¿Es eso lo que a lo que se quiere llegar? Por suerte, creo que no. Por fortuna, hay muchas mujeres (y hombres) que luchan por esos derechos de forma activa y no como otros que sienten que la forma de hacerlo es desde el sofá, con una manta a los pies, y con los dedos deslizando por el teclado, poniendo las palabras con terminación masculina y femenina y, en resumen, escribiendo lo primero y más sonoro que se les ocurrió nada más levantarse. Deberíamos aprender de ellas –de las primeras– o de quienes no están ya entre nosotros –y residen en los libros– y no creer que el primer tweet que lees es el que vale, que el que dice más veces que es feminista es mejor, ni que tú opinión, por el simple hecho de que seas hombre o mujer, vale más o menos. Y si piensan de la otra forma, vayan con los que dibujan esos nuevos semáforos tan ‘feministas’ que para mí hoy siguen en rojo, pero que sus pintores dicen que cambiarán la forma de ver el mundo, para pasar a uno mucho más igualitario. Yo no lo tengo tan claro, y por lo que hoy he visto no soy el único. Paint también se ha caído del barco.

martes, 18 de julio de 2017

CAPÍTULO 48: En el auto de Papá

Capítulo 48

En el auto de Papá


"Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años" (Mark Twain; escritor y periodista estadounidense [1835-1910])




El hijo sostiene a su creador;
el padre sujeta a su futuro
Vivimos rodeados de ‘influencers’. Nuestro youtuber favorito, el político del partido al cual voto, el periodista que me conquista con sus artículos. Es más probable encontrarse al día un nuevo ‘influenciador’ antes que a una persona con la que compartir la vida. Tranquilo, no es culpa suya, lo segundo cada vez está más complicado. Pero este capítulo, como bien refleja el título viene a hablar de un influencer en concreto, el más importante en nuestra vida.

Al igual que dediqué un capítulo a las madres, ya hace bastante, no merecían menos nuestros padres. No hay mayor halago que puede recibir un padre que un hijo diga que es “el espejo donde mirarse”, “la persona en que se fija “día a día” y, sobre todo, que se sincere y diga que de mayor quiere seguir sus pasos. Nadie puede dudar de que él es el verdadero influencer en nuestra vida.

Aunque, como al fin y al cabo todas las personas con las que te cruzas en la vida –siempre y cuando realmente las quieras–, te dedican momentos malos, discusiones, incluso en ocasiones muy feas. Muchas veces por mera cabezonería tuya. Porque fastidia darle la razón a tu padre, aunque por dentro sabes que la tiene. Días en los que tendrías ganas de mandarle a ese sitio que huele mal, simplemente porque no te ha dejado salir una hora más de la propuesta por ti o porque tus amigos hacen una cosa y a tu querido progenitor no le parece lo más normal “para chicos de tu edad”

Pero no podemos negar que a la larga son unos buenazos. Si les pides dinero, te lo dan –sobre todo si le amenazas con subirte en la primera moto que pase para volver a casa– y si tu madre te pone un buen castigo, tu padre es capaz de levantarlo sin previa consulta a la parienta. Y a veces ni siquiera piden algo a cambio. Todo sea por una buena armonía, que volverá a truncarse cuando al día siguiente le pidas el mismo favor. Así somos los hijos, cuando el padre hace algo bien, se le da un beso, pero al día siguiente nadie se acuerda de ello, salvo que ese “ello” sea algo malo: en ese caso, el hijo perdona, pero no olvida.

Eso sí, lo que no puede ser un padre es un continuo bonachón, pusilánime. Y es algo muy recurrente ahora y que, a mi gusto –que para eso es mi blog-, no beneficia en nada a los hijos. Quizá el mayor indicativo a la hora de diferenciar el padre bueno del buen padre:

El padre bueno siempre dice que sí, el buen padre dice no cuando tiene que decirlo. El padre bueno siempre es blando, el buen padre se endurece cuando debe hacerlo. El padre bueno solo disfruta el ganar, el buen padre celebra las victorias y consuela las derrotas. Desgraciadamente hay muchos padres buenos, que consienten todo, que no acercan a su hijo a la realidad.

Pero para sonreír, y al igual que en el artículo de nuestra madre, aquí están las mejores frases “de padre” y que seguro que más de una vez han oído:

1) “Yo a tu edad”: De las más típicas, sino la que más. Generalmente llevada al trabajo. “Yo a tu edad cavaba zanjas, y tú ahí con el móvil sin trabajo”. Qué fantasma, seguro que él no sería capaz de hacer un musically

2) “Eso ya me tocó hacerlo en su momento”. También hace alusión a los estudios. Cuando echas horas estudiando Física o haciendo un dibujo de Plástica y le dices a tu padre “Papá, por qué no me hace esto” y recibes esa ingeniosa respuesta para darte cuenta de que te va a tocar darle al bolígrafo o preguntar a tu madre, a ver si no te responde lo mismo. Para qué narices en la vida me servirá hacer una casa con macarrones, ¿hace 50 años también se hacía? ¡Culpa del sistema!

3) “Mientras vivas en esta casa…”: El final ya lo conocen. ¿Cuántos días quedan para independizarme? Voy a empezar a ahorrar…

4) “Te crees que esto es un hotel”: Me levanto a las dos, como, me voy con mis amigos, vuelvo a cenar, me voy de marcha, vengo a dormir… Pues igual tiene razón y esto es un hotel, aunque si es así, que me limpien los baños y me hagan la cama. ¡Ah, si también lo hacen!
Hijo, ¡córtate el pelo!: Más dedicada a los chicos. A los padres no les gusta el pelo largo, es la realidad. Las nuevas modas no les gustan y menos si eso conlleva parecer un perroflauta (para muchos de ellos con llevar pelo largo ya es suficiente para etiquetarte así)

5) “Lo que diga tu madre”: Su frase por excelencia. Pásale el marrón a tu madre que yo aquí me mantengo neutral. Véase porque el problema no le interesa o porque te da la razón, pero se niega a reconocerlo porque la voz cantante la lleva ella. A rezar…

Las cosas han cambiado. Lejos queda ya cuando con tu padre ibas al bar a ver el fútbol –ahora ya se ve en casa–, cuando repasabas las tablas de multiplicar –ahora ya se las recitas a 'Siri'–, cuando las sesiones fotográficas las protagonizaba él en el parque –y no únicamente tus amigos sacando la lengua–, cuando cantabas a los payasos de la tele en ese auto de papá y no el último horror de Enrique Iglesias –hoy nunca mejor dicho–. Pero no hay que equivocarse, tu padre siempre será el mismo y siempre estará dispuesto a rememorar los buenos tiempos, adaptarse a los nuevos, y sufrir los malos, y solo a cambio de una cosa: que goces a su lado al menos lo mismo que él disfruta contigo. Y créanme, no es favor baladí.
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jueves, 13 de julio de 2017

CAPÍTULO 47: Rueda, rueda...

Capítulo 47

Rueda, rueda...


"Una generación que no soporta el aburrimiento es una generación de escaso valor" (Goethe, novelista y poeta del Romanticismo [1749-1832])



La Rayuela, juego infantil
Desde que apareció aquella bola redonda con tres botones y una correa que servía de llavero, más conocido como “tamagochi”, la sociedad comprendió que una nueva forma de entretenimiento comenzaba a florecer. Rezagado quedaba ese pilla a pilla, el escondite o el zapatito inglés que, estamos de acuerdo que eran juegos “para un rato”, pero que tenían un atractivo que los diferenciaba: la necesidad de al menos una persona más para poder practicarlo.

Pero fue con la aparición de ese elemento redondo inteligente cuando se inició la era de “la otra realidad”, la virtual. Ya no era necesario a alguien para entretenerse, ni para pasar el rato. O mejor dicho, sí lo era, pero no tenía por qué estar vivo.

Ocurrió con las peonzas. Quién se acuerda ya de ellas. Aunque eso sí que era arte. Había gente con verdaderos dotes malabaristas con ella, llegando incluso –los más privilegiados– a concursos de la televisión a mostrarlos. Pero, ¿se imaginan ganando un ‘Tu sí que vales’ a alguien con verdadera destreza con el spinner?

Todo eso ya queda atrás, y con todo lo que tenemos ahora hasta nos podría dar vergüenza recordar aquellos tiempos. Para nada. Más bien sería al revés. Si alguien en esa época vislumbrara lo que en 2017 sería el juguete de moda, se caería para atrás. No es redondo, pero sí rueda.

España y el mundo han pasado de un año a esta parte de explorar las calles, las plazas, los mares y océanos si es preciso para encontrar animales que no existen, de entrar en gimnasios donde la gente no suda, sino donde luchan por Pokemons, a coger una rueda de tres puntas que lo único que tiene de especial es que gira sin parar siempre y cuando muevas los dedos en la dirección correcta y con la necesaria destreza.

El famoso spinner se ha convertido en el “Pokemon Go” de 2017. Y, como todo en la vida, tiene una función, para luego darle otra o, directamente, convertirlo en una moda. Este maravilloso objeto no es una excepción.

Su primera función era la de “combatir la ansiedad y evitar el autismo”. Al menos así lo hizo saber su inventor, que ni me he molestado en buscar quién es porque bastante forrado estará ya. Que cada cual se moleste en buscar información de este gran tipo.
Y lo cierto es que me consta que hay una parte de la sociedad que sufre tanto ansiedad como autismo, lo que no sabía es que era tanta. De una semana a otra algún colegio pasó a tener todos sus pupilos con ansiedad, porque no había un solo chico que no llevara el spinner a clase.

Un aparato indispensable, un descubrimiento prodigioso, un hecho que sin duda los niños del futuro estudiarán en las escuelas. Un acontecimiento casi comparable a encontrar una nueva pokeparada o a la noticia de la demolición de ‘la jaus’.

Dónde quedan ya aquellos entretenimientos en clase cuando no había quien soportara a ese profesor. Como pintar la silla al de delante, rozar el boli por la mesa para ver si hacía ruido o, para el más valiente, arrugar un papel para lanzárselo al empollón que estaba en la otra punta. Pues no. Resulta que no teníamos ni idea, porque la verdadera diversión se hallaba en dar vueltas a un cacharro.

Un juguete educativo, práctico, y que sin duda mejora la inteligencia. Todo el mundo convendrá conmigo que los grandes pensadores como Newton, Platón, Steve Jobs o Pedro Sánchez usan o usaban uno para desarrollar sus grandes propuestas, sobre todo este último. ¿Qué habría sido de la Play Station si su inventor hubiese descubierto previamente el spinner? No tendríamos consolas, seguro.

Por suerte el mundo también rueda. Y esto de las modas tiene su parte positiva. Yo me paso el día pensando cuál será la siguiente mentecatada que saldrá al mercado y a la que nos vamos a suscribir y, posteriormente, podamos reírnos de ella. Para eso sirven las modas. Para disfrutarlas, y cuando ha pasado el tiempo preguntarnos “cómo pude yo hacer esto”. Mientras nos paramos a reflexionar sobre ello, que sepan que solo en el tiempo que emplearon en leer este artículo, más de cien mil spinners en el mundo han girado. Qué sería del mundo si no girara. 

domingo, 9 de julio de 2017

CAPÍTULO 46: Oda a la tranquilidad

Capítulo 46

Oda a la tranquilidad


"Los necios hacen la fiesta y los ricos la celebran"



Después del baile (Ramón Casas)
En realidad, no debería estar aquí, escribiendo sartas, las primeras de otro verano del que amenazan con ser más caluroso de lo habitual –otra vez con la cantinela de siempre–. Tendría que estar de juerga, emborrachándome a copas en el bar de enfrente y celebrando que ya he puesto en mi casillero mi primer patito. Aunque, si nos ponemos tiquismiquis, tampoco hay mucho que festejar ya que oficialmente ya no es mi cumpleaños. Mala suerte, me tendré que quedar en casa.



Y con ello me privaré de una de las mayores socias que nos acompaña a lo largo de la vida: la fiesta. En sus infinitas variantes, alguna cada vez más obsoleta, eso sí. La fiesta gusta, dependiendo del tipo y, sobre todo del día. Antes se salía los sábados. Ahora también, con la diferencia de que viene acompañada por casi el resto de días de la semana, a excepción del domingo, Dios nos libre, quien precisamente decretó ese último día no para descansar, sino para incubar la resaca.


En estos tiempos, ya cada uno se adjudica “su día” de kermés, hasta que se cansa de él. Muchos son tradicionales y siguen optando por el sábado. Es fin de semana y hay más gente y por tanto, “más salseo”. Nivel principiante. Sin embargo, uno se hace mayor y prefiere el jueves. El día universitario. Se dice que este día es mejor porque salen los de la misma edad y no hay “niños de 15 años con DNIs falsos”. Qué gentuza, como si no lo hubiéramos hecho de pequeños. Nivel avanzado. Pero, para los más listos, queda el viernes. El día de “ni pa ti ni pa mi”, dedicado a esa época en que quieres salir tú y el apuntador. Porque no hay más.

Pero no todo es el día. También es la hora. La de salir y la de volver. Con quince años, y con la mala fortuna de que eso no lo puedes imponer tú, ambas son injustas. Ambas se quedan cortas.

Y llega a ser tal esa obsesión que se convierte en un concurso de “a ver quién es más burro y aguanta más”. Da igual que estés sentado mirando a la luna o pensando qué milonga le contarás a tus padres de por qué llegas tarde ya que la de “el autobús averiado” la usaste la semana pasada .Da igual. Lo importante es llegar a casa más tarde que tu amigo. Y de esa trifulca se percató Instagram, como con todo, que decidió incrustar en sus maravillosas instastories, opción:  “la hora”. Bendita sea. La constatación oficial de que habías ganado a tu amigo o habías palmado otra vez en esa competición.

¿A nadie se le ocurre que haya gente a la que no le gusta eso? ¿Es necesario agarrarse al estereotipo de que hay que salir de fiesta para ser alguien enrollado? ¿Hay que cogerse un buen pedo para ser enrollado? Pues si es así, igual “ser enrollado” tampoco es tan importante.

Esa cantinela nos machaca a todos. Hasta el punto de que cuando no queremos salir nos empezamos a inventar excusas baratas que decir a los amigos porque nos da palo decir que no tenemos ganas. Ya no digo el tener que decir “tengo más ganas de sentarme en mi cutre y roñoso sofá a ver 13tv que de ir a ver si me encuentro a cuatro babosos que me pidan el teléfono y darles uno que no es mío”, pero no saben la paz interior que da ese arrebato de sinceridad de decir “no me apetece”.

No me apetece bajar cada sábado, jueves o viernes a entrar en un bar, donde no oigo qué me ha dicho el de al lado, donde la relación calidad-precio de cada cosa que consumo roza el esperpento. No me apetece oír de media tres veces por noche el ‘Despacito’ (etilic remix), ni estar arrastrando a la amiga que dice antes de salir “esta noche no”, y de nuevo limpió hasta los hielos de cada copa. No me apetece pasar frío en la calle mientras pensamos dónde vamos porque mis amigos no llevaban plan de antes. Sinceramente, no me apetece.

Hay veces que uno quiere estar solo, o con amigos, pero sin necesidad de entrar en un grotesco antro para pasarlo bien. Les daré un consejo a los que no salen, pero sobre todo a los que sí lo hacen. No es más divertido quien más entra en la discoteca más popular, ni es más enrollado quién bebe más copas de garrafón, ni más duro el que entra cada semana con un DNI distinto. Créanme que no lo son.

Y es ese el hecho por el que hoy estoy aquí, en mi ordenador, escribiendo, y no celebrando mi cumpleaños entre regueaton, alcohol y una buena dosis de ruido. Puede que no sea la mejor opción, pero es la escogida. Quién sabe. Incluso por redes sociales me puedo encontrar a alguien en mi misma situación hoy, le paso el artículo, nos reímos de él –del artículo– y empezamos a contar lo patéticas que son nuestras vidas. Pero lo cierto es que no debemos preocuparnos, al menos yo. En una etapa en la que lo habitual cansa, lo común crispa y la personalidad es el mayor de nuestros valores, creo que el no salir de fiesta me convierte en un auténtico genio.