jueves, 18 de julio de 2019

CAPÍTULO 66: Diversión entre 'Comillas'

Capítulo 66


Diversión entre 'Comillas'


«Las redes sociales sin objetivos son como una silla mecedora: mucho movimiento pero no te llevan a ningún lado» (Pedro Rojas)



Segundo miércoles de julio por la noche. Nos llegan noticias frescas desde Comillas, Cantabria. Más del 50% de las parcelas están ocupadas para vivir la mejor fiesta del año, solo comparable al Arenal Sound o, si me apuran, a las del barrio Pajarillos. Este año no hay duda, toca petarlo -si se encuentra sitio, claro- y para ello solo hace faltan dos cosas: un Smartphone con batería y una buena tarifa de datos.

Qué bonito y qué molón es pasarse el verano entre resaca y resaca. ¿No te la coges este sábado? Qué aburrido. Entre fiesta y fiesta del pueblo de aquí y el de allá, y de ese del que no te acuerdas del nombre o bien porque ibas hasta el gorro o porque tenía más letras que el coche que tus padres todavía te están pagando.

Es una buena forma de pasar los meses, salvo para tu hígado. Pero no nos olvidemos de que nada de esto tendría sentido sin que se entere el resto. Tú no has ido a un sitio si tus 8.000 seguidores no han ido contigo y disfrutado de tu estado de júbilo en cada minuto. Playa, historia; barbacoa, historia; Bacarrá, historia; Amanecer, historia con la hora para que veamos que eres la hostia y que pa insomnio, el tuyo. ¿Pero tú que verano de mierda has tenido que no has subido ninguna storie?

Aunque reconozco que, dentro de la obsesión acuciante de impresionar a propios y extraños (la mayoría, extraños) con tus juergas llenas de luces y de cachis (que no falte el vaso en mano), hay otro aspecto todavía más preocupante. Y es el hecho de que, al minuto de subir la historia a Instagram 'dándolo todo', ya haya cien personas que se lo están pasando """"tan bien"""" que la han visto. Es tal su diversión en ese momento que se meten en Instagram a ver qué ha subido la gente. Sin duda, lo que uno hace cuando está muy entretenido. Olé sus bemoles.

Nunca está de más hacer ver a la gente que lo pasas bien, es sano, aunque pienso desde hace mucho tiempo que la vida en Instagram es ciencia ficción. El proceso es el siguiente: colgar algo que a tus seguidores les cause la sensación de "qué envidia que él hace esto y yo no" y, en la mayoría de casos, esperar a que sea respondida por esa persona que deseas (casi siempre se sube con esa intención) y alcanzar el clímax. Y así una tras otra en una maravillosa noche de fiesta de la que todos nos hemos enterado, incluso me atrevería a decir que más que tú.

Con ello nos hacemos la pregunta. ¿Dónde está el límite? ¿Por qué sentimos la obligación de que todo el mundo vea lo que hacemos en cada momento? ¿Nos hace más felices pasarlo bien o que el resto lo sepa? Hace años esa segunda hipótesis no era posible, pero con la llegada de las redes esto se ha convertido en una obsesión difícil de curar, que nos llevará al engaño, a la felicidad fingida. Es más, nos preocuparemos los demás cuando llegue el sábado en que esa persona no suba nada. Pensaremos que hasta se lo estará pasando bien.

O quizás se haya marchado a Twitter a contar las penas. Es la gran contradicción de la vida internauta. Uno va a Instagram a contar lo bien rodeado que está, la gran cantidad de planes que disfruta y, en definitiva, lo excepcional que es su vida y ya después pasa por la red del pajarito a decirnos que ese día no ha quedado, que su mejor amigo es Netflix y que su depresión va en aumento cada día. Y ahora qué versión nos creemos. Esto es el completo veneno de la razón.

Vamos camino de no entender nada y, además, de no soportarnos. Hay que estar todo el día llamando la atención y de la manera más ridícula posible. En Twitter ya nos superamos. Lo último ya es subir una foto, generalmente faltos de ropa y con pose muy improvisada (ironía, por supuesto) para acompañarlo de una frase. “Qué mal me veo hoy” “Con esta pinta cómo me va a querer alguien” o, la mejor de todas: "No me gusta cómo salgo en esta foto, pero la subo porque quiero". Viva tú, valiente.

Desgraciadamente, Comillas acabó. Supongo que se lo habrán pasado bien, siempre y cuando hayan subido unas cuantas docenas de historias, y ahora toca buscar la siguiente fiesta para colgarla de pregón a cierre. Sin faltar detalle. Asistiremos con gran expectación a todas y cada una de sus obras artísticas, divertidas y originales con las que nos deleiten cada noche. Eso sí, tengan cuidado. Carguen bien el móvil, no sea que se apague y haya que levantar la vista de la pantalla. Puede que en ese momento, allí, ya se haya marchado hasta Poti.

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