jueves, 25 de julio de 2019

CAPÍTULO 67: Cuando la música no amansa a las fieras

Capítulo 67


Cuando la música no amansa a las fieras


«Estoy enamorado de cuatro babies. Siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero» (Maluma, en Cuatro babies)


El Reggaeton no es lo que piensas

“Siempre hacemo’ la 69”, “Yo siempre la estoy esperando con mi pistola”. Podríamos estar hablando de los cantos gregorianos del siglo XIII, de la novena sinfonía de Betthoven o de la última perla de Freddy Mercury. Cualquiera de ellos podría haber firmado estas sentidas palabras, estas admirables estrofas, de bella factura, acompañadas de una sinfonía celestial para nuestros oídos. Es cierto. Quizás estoy exagerando en elogios, cuando en realidad aquellos individuos no les llegaban ni a la suela de los zapatos a Ozuna, Paulo Londra o Bad Gyal. Así que, si se han sentido ofendidos estos últimos, les pido mis más sinceras disculpas. 



A ellos y a los millones de oyentes que llenan de escuchas las canciones de los nuevos reyes de una música educativa, formadora, sensible y, sobre todo, feminista, dónde va a parar. Seguramente es por eso por lo que todos (y todas) las cantan y bailan. En un mundo cada vez más preocupado por la igualdad, por eliminar los comentarios obscenos, machistas (los micromachismos, que los llaman así), sin duda una buena forma de hacerlo es dejar en el primer puesto del ranking en España 'Callaíta' seguida de 'A chuparla' o 'Mía Na Ma'.

Tomándonos la cosa en serio, pese a que no se lleve, es momento de empezar a reflexionar sobre este tema. No va con ser feminista o no, sino con ser coherente. No podemos echar la culpa a Carolina, a la que había que tratar bien “que al final te tendré que comer”, por ser machista y cubrir de rosas a Bad Bunny. No podemos machacar 'Y si fuera ella', de Alejandro Sanz –un hombre machista, sinunaduda-- y dejar escapar por la rendija a Maluma Baby. ¿O es que entonces no podemos dejar a nuestros niños que escuchen a M Clan, pero sí a J Balvin y su 'Se pone coqueta la nena'? Igual antes de hablar, hay que pensar.

Todo el mundo es libre de escuchar, cantar, bailar lo que quiera. Los que no pensamos como vosotros también, que no se os olvide. Y también de escribir, pensar y actuar. Pero alguno falla tan repetidamente a su coherencia que ya corre el riesgo de que no le tomemos en serio. Esto es como el que crea un bot de una guerra civil, se va a Comillas y la deja a medias. Un poco de rigor nunca vendría mal.

Las canciones de Maluma son machistas. Creo que en eso estamos casi todos de acuerdo. Eso no quita que no se puedan bailar, perrear e incluso hacer el acto con ellas. Pero, ¿tiene algún sentido hacerlo y después criticar que alguien ha publicado un comentario machista en las redes? ¿Dónde está la coherencia? ¿Puedo gritar a los cuatro vientos “me gustan grandes, que no me quepan en la boca”, pero luego bloqueo a una persona que se le ocurre poner que no le gustan las chicas gordas? ¿Se imaginan ser un fiel defensor de la igualdad de razas y cantar estrofas racistas?

Es evidente que, hoy en día, la música no es como era antes. Lo he admitido. Mis listas de spotify cada vez están más envejecidas y mi radio ya solo coge Kiss FM y Los 40 Classic. Es cuestión de gustos. No puedo evitar que cuando escucho esa voz empapada de Autotune entonando una frase en un idioma desconocido para mí y para la mayoría que no va envuelto de “M” mis oídos se cierren y mis ojos ensordezcan. Pero hay algo que soporto aún menos, que no tiene que ver tanto con esos sentidos, sino con otro: el sentido común.

No me vale idolatrar a Maluma y exhibirte como firme defensora de la libertad de la mujer. No vale tatuarse el tema 'Bebé', de un tal Anuel, que muestra a la mujer como infiel y viciosa (“Hija de Lucifer”) y plantarte en la primera fila en la manifestación del 8-M, porque quieres protestar ante esta sociedad machista y patriarcal, como si supieras de que se trata. ¿Exageración? Ninguna. Tener interiorizado estas letras y canciones no exime de reconocer que todo esto va hacia la dirección equivocada, por mucho que esté normalizado.

¿Prohibir el reggeaton? Nunca será la solución. Tampoco impedir a los niños que lean Caperucita Roja ni la Bella y la Bestia. Ni la pornografía por el hecho de que ahora parece que por su culpa algunos se vuelven violadores. Por esa regla de tres, los juegos de guerra les harían más violentos. ¿Hay que prohibirlos? Creo que no. Porque más allá de una letra de canción barata, de una sintonía tuneada o de groserías varias, no deja de ser eso, canciones: mundo irreal. Pero en tiempos en los que las relaciones son el Whatsapp, la felicidad son los me gustas y el feminismo no se escenifica con actos, sino con 280 caracteres, cada vez está más cerca que ese mundo irreal se convierta en realidad.

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