Capítulo 34
La 'atracción' de las 'Vallafiestas'
“Lo mejor es salir de la vida como de la fiesta, ni sediento ni bebido” (Aristóteles)
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| El SuperDance |
Atrás quedaban
aquellos maravillosos tiempos de la infancia en los que ir a la feria se
convertía en nuestra gran aspiración en las fiestas de la ciudad. Lejos están
ya esos años cuando montarse en un carrusel era la mayor ‘atracción’ de un
niño. Atrás pensaban ustedes que se iba a quedar El Tuitero Resentido, pero
aquí está de vuelta.
Podría llegar a
ser delito que en más de treinta artículos no haya hecho mención a la ciudad
donde nací y vivo. Tampoco hay mucho que contar. No es que Valladolid sea una de las ciudades donde la
gente sueña con vivir en un futuro pero, aparte de la Semana Santa –que es
única– tiene otra cosa inconfundible: sus fiestas. Y hay muchas formas de
disfrutarlas.
Una de ellas es
la feria, o era. ¡Qué bonito sonaba aquello de… “Papá, bájame a la feria”!
Normalmente ese hecho singular tenía lugar una vez por semana… los domingos por
la mañana para ser más precisos, que era cuando menos gente había (y más cosas
cerradas). Pero eso es pasado. Los seres humanos somos ‘tocapelotas’ por
naturaleza. Cuando no podíamos ir a la feria, ansiábamos por ir. Ahora que
tenemos la opción, ya no tenemos tantas ganas. Es la ‘Ley del tocapelotas’.
¡Cuántas veces
habré escuchado la frase de… “Eso de la feria es pa´ niños”. Y a veces lo veo
hasta normal. Chicos de doce años que ya se montaban en el “Bowser”, resulta
entendible que con 16-17 se aburran de subirse en lo mismo. Así que, al final, muchos
toman como opción ir a la feria un día con la peña y lucir los petos
indumentarios (y este año, las riñoneras), y a ver quién es el machote que da
más fuerte al chisme de boxeo. Ya si alguien se monta en algo es otra cosa.
Porque aquí en
Valladolid somos muy rutinarios. Tenemos los mismos carruseles, aunque cada año
menos. El famoso Super Dance, donde siempre hay más cola que en toda la feria
junta; Los Toros, donde el señor locutor lleva más años que Jordi
Hurtado en Saber Y Ganar; o La
Selva Encantada, que se oye en toda la ciudad. Hemos sufrido
importantes bajas como la del Ala Delta, el Skater o el Revolution…
que son como los que se cambian de acera, “si se van, no vuelven”.
Pero una vez
llegados a la adolescencia, un nuevo plan sale a escena: MORERAS. Se trata de
un parque en el que, durante la semana de fiestas, se acude a beber con los
amigos, con los no amigos o con los amantes. Bajar un día igual se queda corto,
dos está bien, tres ya te va cansando, cuatro ya no sabes dónde ir, y más de
cuatro solo se sostiene si en la mitad de ellos o más has acabado perjudicado.
Me encanta
Moreras. Lo de beber o no ya se explicó en otro artículo, pero muchas cosas son
llamativas. Por ejemplo, el primer día está bien porque saludas a muchos que no
has visto en todo el verano –o incluso en tu vida– y estás con ellos. Lo
gracioso viene cuando al día siguiente vuelves a estar con los mismos y te
saludas como si hubiera pasado otro verano entre medias. Luego también están
los que mean en el rincón más inverosímil, o los que aprovechan la superlativa visibilidad
del lugar y la ‘soberbia’ sobriedad de alguna para meter toda la mano que en
ese verano no ha logrado meter. Aun así, hay gente que se lo pasa bien sin todo
eso.
Siempre nos
quedarán los conciertos tan aburridos (no todos) que el alcalde nos proporciona
cada año. Entre ellos el de Máxima FM, fiel a su cita. He de reconocer que solo
en una ocasión me quedé hasta su final. Más de una temporada me he tenido que
escabullir porque exclusivamente era ruido o porque el calor humano que había
en esa plaza era difícil de soportar. Incluso una vez me volví a Moreras, creo
que ese año había bebido.
Y muchas más
formas. Salir de cena, ir de casetas regionales, hacer de todo un poco… Siempre
es mejor no ser monótono. No ir todos los días a lo mismo, y variar. No por
mucho que vayas a moreras todos los días eres más enrollado, y no porque no lo
hagas nunca, resultas lo contrario. La diversión con amigos es infinita, de la
manera que sea. Las fiestas de Valladolid, por desgracia, solo duran diez días.

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