jueves, 27 de julio de 2017

CAPÍTULO 50: Twelve points go to...

Capítulo 50

Twelve points go to...


"Eurovisión no lo ve nadie" (La gente ingenua)


Massiel dio a España su primera
victoria en Eurovisión (1968)

Momento de hablar de algo interesante. Aunque, modestia aparte, todos los temas que trato lo son. O al menos la gente habla de ellos. Y exactamente eso ocurre con el fenómeno que hoy analizamos. Carece de interés público –y no público– durante 364 días al año y, cuando llega el DÍA D, todo el mundo lo comenta, toda la gente lo admira, los más críticos lo juzgan y los palmeros lo aplauden.


Y es que es el festival más popular que se conoce. Por ello todos ya creen estar capacitados para hablar, dialogar o incluso ‘ser un experto’ de ello. ¡Me encanta esa gente que es experto en todo! ¡Los ‘enciclopedias’! Da igual de qué les preguntes o el tema que salga que ellos, no solo tienen respuesta, sino que siempre están convencidos de que tienen la mejor.

A veces pienso si me gustaría ser como ellos. Ahora, con las redes, y la más que postureada libertad de expresión (no se equivoquen, la libertad de expresión no nació con twitter, aunque corre el riesgo de que muera ahí), todo el mundo hace como que sabe de todo, incluso más que los expertos en el tema en cuestión.

Si sale un licenciado en economía a decir que los datos del paro son positivos, ya están ellos para decir que no lo son. Si un actor dice que en el cine se vive bien, ya salen ellos para negarlo (quien mejor que ellos que, al contrario que el actor, viven la profesión desde dentro). Si un tenista dice que los plátanos son buenos, dejan de serlo porque en twitter es TT #BananasNO. Ellos no se equivocan nunca, aciertan siempre, rara vez no tienen razón. En fin, ya saben, aprendiz de mucho, maestro de nada.

Pero vayamos al tema. Sí. Me refería a Eurovisión. Esas tres, cuatro horas que, aunque te dé igual quién gane, ignores que Australia ya forma parte de Europa, o no te guste la música –o peor aún, te guste el trap–, pasas entretenido, inexplicablemente. Eso sí, con compañía y una buena dosis de memes.

Aunque, como bien he resaltado, Australia desde hace unos años ya es europeo. Al igual que Azerbaiján, y dentro de poco, Cataluña, país con el que Manel Navarro obtendrá los mejores resultados (no porque con España haya quedado último, sino gracias a la ayuda que recibirá del maestro Guardiola). Eurovisión se ha convertido en el tercer organismo del mundo de acogida –en este caso de países–, detrás de ACNUR y la casa de Ada Colau.

Eso sí. No están ahí por estar. Los países digo. Tienen que pasar su semifinal, como todos, excepto el llamado ‘BIG FIVE’, que no es lo último del Burger King, sino los cinco países que pasan directos. Entre los que se encuentra España ya que, de no ser así, la última final disputada hubiese tenido como representante a Massiel. Chikilicuatre ni existiría.

Podríamos decir que España en Eurovisión es como las carreras de Alonso cada fin de semana, con perdón de España. Actúa por nombre, cae simpática y no recibe puntos. La única diferencia es que España las carreras –en este caso, actuaciones– sí las acaba, aunque el motor sí que a veces otorga algún susto, en forma de gallo.

Es increíble. Por qué nos gustará tanto verlo si no ganamos. O es que cada vez somos menos españoles, o que hacemos tanto el ridículo que cuanto más abajo quedamos mejor (cuanto peor, mejor). Porque el verdadero problema no es que España quedara la última, sino que nos mofamos de ello. Más incluso que del mono del italiano o de los gritos de Heidi de Rumanía.

Pero cuando llegan las votaciones empieza la emoción que solo el verdadero Eurofan puede sentir. La tensión de que gane tu canción favorita y si no es así es que es un tongo. Van pasando los países, ves quién pronuncia peor el inglés, presencias que tu canción cada vez está a más puntos que la que va a ganar –que se conoce desde el tercer país que interviene–, y solo te queda confiar en el televoto.

El dichoso televoto. Esa cosa que se han inventado para que el jurado pueda votar aparte, en teoría para evitar que gane el horror que más engancha, que se vote al país vecino, o que venza el personaje que más pintas tenga. Y todo ello para que gane Eurovisión una canción que duerme a las ovejas, para que Chipre siga dando doce puntos a Grecia y para que el festival se lo lleve una mujer barbuda. Historias de Eurovisión.

Que tiene ese algo que engancha, no sé ni por qué ni cómo, pero que a alguno le hace pegarse al televisor durante cuatro largas horas. Y todo para que al día siguiente todo ya sea historia y te suene el despertador –tarde eso sí porque es domingo– con la serenata de Bad Bunny y te salte en notificaciones ese pesado que por twitter ha dicho que esta edición de Eurovisión ha sido la más patética de la historia, con la única razón de “porque lo digo yo”.

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