domingo, 9 de julio de 2017

CAPÍTULO 46: Oda a la tranquilidad

Capítulo 46

Oda a la tranquilidad


"Los necios hacen la fiesta y los ricos la celebran"



Después del baile (Ramón Casas)
En realidad, no debería estar aquí, escribiendo sartas, las primeras de otro verano del que amenazan con ser más caluroso de lo habitual –otra vez con la cantinela de siempre–. Tendría que estar de juerga, emborrachándome a copas en el bar de enfrente y celebrando que ya he puesto en mi casillero mi primer patito. Aunque, si nos ponemos tiquismiquis, tampoco hay mucho que festejar ya que oficialmente ya no es mi cumpleaños. Mala suerte, me tendré que quedar en casa.



Y con ello me privaré de una de las mayores socias que nos acompaña a lo largo de la vida: la fiesta. En sus infinitas variantes, alguna cada vez más obsoleta, eso sí. La fiesta gusta, dependiendo del tipo y, sobre todo del día. Antes se salía los sábados. Ahora también, con la diferencia de que viene acompañada por casi el resto de días de la semana, a excepción del domingo, Dios nos libre, quien precisamente decretó ese último día no para descansar, sino para incubar la resaca.


En estos tiempos, ya cada uno se adjudica “su día” de kermés, hasta que se cansa de él. Muchos son tradicionales y siguen optando por el sábado. Es fin de semana y hay más gente y por tanto, “más salseo”. Nivel principiante. Sin embargo, uno se hace mayor y prefiere el jueves. El día universitario. Se dice que este día es mejor porque salen los de la misma edad y no hay “niños de 15 años con DNIs falsos”. Qué gentuza, como si no lo hubiéramos hecho de pequeños. Nivel avanzado. Pero, para los más listos, queda el viernes. El día de “ni pa ti ni pa mi”, dedicado a esa época en que quieres salir tú y el apuntador. Porque no hay más.

Pero no todo es el día. También es la hora. La de salir y la de volver. Con quince años, y con la mala fortuna de que eso no lo puedes imponer tú, ambas son injustas. Ambas se quedan cortas.

Y llega a ser tal esa obsesión que se convierte en un concurso de “a ver quién es más burro y aguanta más”. Da igual que estés sentado mirando a la luna o pensando qué milonga le contarás a tus padres de por qué llegas tarde ya que la de “el autobús averiado” la usaste la semana pasada .Da igual. Lo importante es llegar a casa más tarde que tu amigo. Y de esa trifulca se percató Instagram, como con todo, que decidió incrustar en sus maravillosas instastories, opción:  “la hora”. Bendita sea. La constatación oficial de que habías ganado a tu amigo o habías palmado otra vez en esa competición.

¿A nadie se le ocurre que haya gente a la que no le gusta eso? ¿Es necesario agarrarse al estereotipo de que hay que salir de fiesta para ser alguien enrollado? ¿Hay que cogerse un buen pedo para ser enrollado? Pues si es así, igual “ser enrollado” tampoco es tan importante.

Esa cantinela nos machaca a todos. Hasta el punto de que cuando no queremos salir nos empezamos a inventar excusas baratas que decir a los amigos porque nos da palo decir que no tenemos ganas. Ya no digo el tener que decir “tengo más ganas de sentarme en mi cutre y roñoso sofá a ver 13tv que de ir a ver si me encuentro a cuatro babosos que me pidan el teléfono y darles uno que no es mío”, pero no saben la paz interior que da ese arrebato de sinceridad de decir “no me apetece”.

No me apetece bajar cada sábado, jueves o viernes a entrar en un bar, donde no oigo qué me ha dicho el de al lado, donde la relación calidad-precio de cada cosa que consumo roza el esperpento. No me apetece oír de media tres veces por noche el ‘Despacito’ (etilic remix), ni estar arrastrando a la amiga que dice antes de salir “esta noche no”, y de nuevo limpió hasta los hielos de cada copa. No me apetece pasar frío en la calle mientras pensamos dónde vamos porque mis amigos no llevaban plan de antes. Sinceramente, no me apetece.

Hay veces que uno quiere estar solo, o con amigos, pero sin necesidad de entrar en un grotesco antro para pasarlo bien. Les daré un consejo a los que no salen, pero sobre todo a los que sí lo hacen. No es más divertido quien más entra en la discoteca más popular, ni es más enrollado quién bebe más copas de garrafón, ni más duro el que entra cada semana con un DNI distinto. Créanme que no lo son.

Y es ese el hecho por el que hoy estoy aquí, en mi ordenador, escribiendo, y no celebrando mi cumpleaños entre regueaton, alcohol y una buena dosis de ruido. Puede que no sea la mejor opción, pero es la escogida. Quién sabe. Incluso por redes sociales me puedo encontrar a alguien en mi misma situación hoy, le paso el artículo, nos reímos de él –del artículo– y empezamos a contar lo patéticas que son nuestras vidas. Pero lo cierto es que no debemos preocuparnos, al menos yo. En una etapa en la que lo habitual cansa, lo común crispa y la personalidad es el mayor de nuestros valores, creo que el no salir de fiesta me convierte en un auténtico genio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comenta si estás de acuerdo con el artículo