Capítulo 46
Oda a la tranquilidad
"Los necios hacen la fiesta y los ricos la celebran"
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| Después del baile (Ramón Casas) |
Y con ello me privaré de una
de las mayores socias que nos acompaña a lo largo de la vida: la fiesta. En
sus infinitas variantes, alguna cada vez más obsoleta, eso sí. La fiesta gusta,
dependiendo del tipo y, sobre todo del día. Antes se salía los sábados. Ahora
también, con la diferencia de que viene acompañada por casi el resto de días de
la semana, a excepción del domingo, Dios nos libre, quien precisamente decretó
ese último día no para descansar, sino para incubar la resaca.
En estos tiempos, ya cada
uno se adjudica “su día” de kermés, hasta que se cansa de él. Muchos son
tradicionales y siguen optando por el sábado. Es fin de semana y hay más gente
y por tanto, “más salseo”. Nivel principiante. Sin embargo, uno se hace mayor y
prefiere el jueves. El día universitario. Se dice que este día es mejor porque
salen los de la misma edad y no hay “niños de 15 años con DNIs falsos”. Qué
gentuza, como si no lo hubiéramos hecho de pequeños. Nivel avanzado. Pero, para
los más listos, queda el viernes. El día de “ni pa ti ni pa mi”, dedicado a esa
época en que quieres salir tú y el apuntador. Porque no hay más.
Pero no todo es el día.
También es la hora. La de salir y la de volver. Con quince años, y con la mala
fortuna de que eso no lo puedes imponer tú, ambas son injustas. Ambas se quedan
cortas.
Y llega a ser tal esa
obsesión que se convierte en un concurso de “a ver quién es más burro y aguanta
más”. Da igual que estés sentado mirando a la luna o pensando qué milonga le contarás
a tus padres de por qué llegas tarde ya que la de “el autobús averiado” la
usaste la semana pasada .Da igual. Lo importante es llegar a casa más tarde que
tu amigo. Y de esa trifulca se percató Instagram, como con todo, que decidió
incrustar en sus maravillosas instastories,
opción: “la hora”. Bendita sea. La constatación
oficial de que habías ganado a tu amigo o habías palmado otra vez en esa
competición.
¿A nadie se le ocurre que
haya gente a la que no le gusta eso? ¿Es necesario agarrarse al estereotipo de
que hay que salir de fiesta para ser alguien enrollado? ¿Hay que cogerse un
buen pedo para ser enrollado? Pues si es así, igual “ser enrollado” tampoco es
tan importante.
Esa cantinela nos machaca a
todos. Hasta el punto de que cuando no queremos salir nos empezamos a inventar
excusas baratas que decir a los amigos porque nos da palo decir que no tenemos
ganas. Ya no digo el tener que decir “tengo más ganas de sentarme en mi cutre y
roñoso sofá a ver 13tv que de ir a ver si me encuentro a cuatro babosos que me
pidan el teléfono y darles uno que no es mío”, pero no saben la paz interior
que da ese arrebato de sinceridad de decir “no me apetece”.
No me apetece bajar cada sábado, jueves o viernes a
entrar en un bar, donde no oigo qué me ha dicho el de al lado, donde la
relación calidad-precio de cada cosa que consumo roza el esperpento. No me
apetece oír de media tres veces por noche el ‘Despacito’ (etilic remix), ni
estar arrastrando a la amiga que dice antes de salir “esta noche no”, y de
nuevo limpió hasta los hielos de cada copa. No me apetece pasar frío en la
calle mientras pensamos dónde vamos porque mis amigos no llevaban plan de
antes. Sinceramente, no me apetece.
Hay veces que uno quiere
estar solo, o con amigos, pero sin necesidad de entrar en un grotesco antro
para pasarlo bien. Les daré un consejo a los que no salen, pero sobre todo a
los que sí lo hacen. No es más divertido quien más entra en la discoteca más popular,
ni es más enrollado quién bebe más copas de garrafón, ni más duro el que entra
cada semana con un DNI distinto. Créanme que no lo son.

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