Capítulo 60
Un Mundial da muchas vueltas
"Cuando tienes la seguridad de haber hecho las cosas con responsabilidad y convicción, hay que seguir adelante" (Luis Rubiales, tras perder contra la todopoderosa Rusia)
Todos
tenemos olores que asociamos a determinadas cosas. En mi caso, hay uno en concreto muy
significativo: el de la crema solar. Me recuerda que el verano está a la vuelta de la esquina. Cuando llega junio y me la echo por primera vez para bajar a la piscina, me
vengo arriba, sabiendo que, otro año más, comienza mi estación favorita y, con
ella, las vacaciones. Pero, en este caso, acompañadas de un gran aliciente.
A
la mayoría nos ha pasado. Hemos estado esperando ansiosos a que llegara este
mes de junio y julio por una cosa, además de por el calor y porque terminaba de
una vez el infierno de la rutina de los últimos nueve meses.
Y
no, no es lo que estáis pensando. No estábamos esperando el verano para ver
vuestros bikinis en exclusiva, ni las cien historias diarias que subís a
Instagram en cada sitio que pisáis (ni siquiera esas que ponéis con tanto empeño
a las seis de la mañana pisando la arena de la playa un día sí y otro también para que veamos lo bien que lo pasáis y vuestra capacidad de aguante nocturno). No es eso. Hablo de un invento
que traspasa las fronteras terrestres, marítimas y aéreas, en el que se
congregan millones de personas enfrente de un televisor y que tiene a todo
Twitter en vilo, desarrollando su ingenio en su máximo esplendor.
El
Mundial. O lo que es lo mismo, un mes de fútbol, sesenta y tres partidos con la
intención de no perderte ninguno, aunque con la certeza de que o bien vas a
decantarte por ir a la piscina antes de un Suecia – Suiza o te vas a quedar
dormido con un España – Rusia (como para no hacerlo). Y si no, ya se echa la siesta Maradona por ti.
Porque
este Mundial tuvo sus cosas inéditas: por supuesto, el VAR. ¿Qué habría sido
sin él? Pues a saber. Igual sin VAR habría ganado el Mundial Marruecos, Ronaldo
habría sido el MVP y Camacho habría llegado a decir algún comentario con
sentido. Quién sabe, puestos a imaginar. Pero con él, y esos maravillosos segundos de intriga en
cada decisión, nos hemos dado cuenta de que el fútbol va a cambiar (querido
Ney).
Pero
también las tradiciones. Una de ellas anunciada, desde que vimos cómo el balón
se escapaba de las manos mantequillosas de De Gea, cual colibrí. Ahí ya pudimos
vislumbrar que nuestro camino en Rusia iba a ser más corto que un gnomo cagando
y sin gorro. Algún iluso (los que escuchan a Carreño) aún creyó que cuando el
VAR nos llevó al lado “fácil” del cuadro, íbamos a llegar a la final con la
gorra. Pero enfrente teníamos a la todopoderosa Rusia.
Nos
eliminó claramente la mejor selección del Mundial. Esa Rusia con una forma fantasiosa de
jugar al fútbol, ese grupo de jugadores impronunciables que desde antes de
empezar la competición ya metían miedo… No pudimos con ellos. Ya fuera Hierro,
Rubiales, Putin o el amoniaco, pero nos quedamos fuera. Pero no pasa nada,
porque los 12.555 pases, el 99% de posesión y el premio fair-play nos dejan
contentos. Como para no estarlo.
Pero
muerta España, llegaban los cuartos. Y es lo bonito del Mundial: las
selecciones se van, pero tú te quedas y, como todo en la vida, tomas partido
con el equipo que más te cae simpático o, lo que es lo mismo, hateas al que
tiene las estrellas del equipo al que odias. A partir de ahí, vives con
intensidad cada minuto, gritas el gol de Kroos, te tiras de los pelos con Sampaoli
(porque él no puede), disfrutas del contragolpe de Bélgica y das vueltas como Neymar.
Hay
miles de formas de vivir un Mundial, pero todas pasaron por un sonido: el del
mejor narrador de todos los tiempos. Todos los
españoles suspiraban cada día porque llegaran las ocho de la tarde para escuchar a Carreño. No aprendías un huevo de fútbol, es cierto, pero acababas el partido sabiéndote de memoria la parrilla de Mediaset, disfrutando del embarazo de la Rebe y descubriendo el secreto de Paula. Todo ello escoltado por un Camacho que también quiso dejar sus perlas. Vamos a recrearnos en algunas de ellas:
- “Giroud
es un delantero atípico. No lleva gol”. No tan atípico, que se lo digan a
Benzemá
- “Sabíamos
cuál iba a ser el primer partido del Mundial por el sorteo, pero no la final”.
Se equivoca, Roncero sí lo sabía.
- “Se
va, se va (el balón)”. La jugada acabó en penalti contra España.
- “España
quiere jugar por tríos”. Encima, salido.
- “Han
saltado espontáneos al campo vestidos de policías”. Impecable
- “No
hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe”. Él también se
lo temía.
Aunque,
con todo, fue divertido y se echará de menos. Toca levantarse y ver que Francia no
juega a las dos, pensar que Arabia Saudí y Egipto ya no se colarán en tus siestas y que
esas quedadas con amigos al anochecer seguirán surgiendo a lo largo del verano,
pero ya no con el partido que, aunque no te interesara el vencedor, te hacía
disfrutar del fútbol. Al igual que en los Juegos Olímpicos, es algo que ocurre
cada cuatro años pero que, por ende, se disfruta el cuádruple.
Ahora
solo queda esperar a 2022 para disfrutar de otro Mundial que, desde ya, promete:
habrá que acostumbrarse a ver los partidos con pijama gordo y no con chanclas,
en plena primera evaluación, pero con la motivación intacta de saber si Silva e
Iniesta vuelven a ser titulares en el primer partido (y en el segundo, y en el tercero...), de ver si Ronaldo ya se
ha afeitado la perilla y, por supuesto, de saber si para ese año Camacho ya ha aprendido a nombrar a 'Trippier' y a su vez nos anuncia que ya parió la 'Rebe' y que arranca una nueva
edición de Ven a Cenar Conmigo, ‘Gurmet edishhion’.
Todos
tenemos olores que asociamos a determinadas cosas. En mi caso, hay uno en concreto muy
significativo: el de la crema solar. Me recuerda que el verano está a la vuelta de la esquina. Cuando llega junio y me la echo por primera vez para bajar a la piscina, me
vengo arriba, sabiendo que, otro año más, comienza mi estación favorita y, con
ella, las vacaciones. Pero, en este caso, acompañadas de un gran aliciente.
A
la mayoría nos ha pasado. Hemos estado esperando ansiosos a que llegara este
mes de junio y julio por una cosa, además de por el calor y porque terminaba de
una vez el infierno de la rutina de los últimos nueve meses.
Y
no, no es lo que estáis pensando. No estábamos esperando el verano para ver
vuestros bikinis en exclusiva, ni las cien historias diarias que subís a
Instagram en cada sitio que pisáis (ni siquiera esas que ponéis con tanto empeño
a las seis de la mañana pisando la arena de la playa un día sí y otro también para que veamos lo bien que lo pasáis y vuestra capacidad de aguante nocturno). No es eso. Hablo de un invento
que traspasa las fronteras terrestres, marítimas y aéreas, en el que se
congregan millones de personas enfrente de un televisor y que tiene a todo
Twitter en vilo, desarrollando su ingenio en su máximo esplendor.
El
Mundial. O lo que es lo mismo, un mes de fútbol, sesenta y tres partidos con la
intención de no perderte ninguno, aunque con la certeza de que o bien vas a
decantarte por ir a la piscina antes de un Suecia – Suiza o te vas a quedar
dormido con un España – Rusia (como para no hacerlo). Y si no, ya se echa la siesta Maradona por ti.
Porque
este Mundial tuvo sus cosas inéditas: por supuesto, el VAR. ¿Qué habría sido
sin él? Pues a saber. Igual sin VAR habría ganado el Mundial Marruecos, Ronaldo
habría sido el MVP y Camacho habría llegado a decir algún comentario con
sentido. Quién sabe, puestos a imaginar. Pero con él, y esos maravillosos segundos de intriga en
cada decisión, nos hemos dado cuenta de que el fútbol va a cambiar (querido
Ney).
Pero
también las tradiciones. Una de ellas anunciada, desde que vimos cómo el balón
se escapaba de las manos mantequillosas de De Gea, cual colibrí. Ahí ya pudimos
vislumbrar que nuestro camino en Rusia iba a ser más corto que un gnomo cagando
y sin gorro. Algún iluso (los que escuchan a Carreño) aún creyó que cuando el
VAR nos llevó al lado “fácil” del cuadro, íbamos a llegar a la final con la
gorra. Pero enfrente teníamos a la todopoderosa Rusia.
Nos
eliminó claramente la mejor selección del Mundial. Esa Rusia con una forma fantasiosa de
jugar al fútbol, ese grupo de jugadores impronunciables que desde antes de
empezar la competición ya metían miedo… No pudimos con ellos. Ya fuera Hierro,
Rubiales, Putin o el amoniaco, pero nos quedamos fuera. Pero no pasa nada,
porque los 12.555 pases, el 99% de posesión y el premio fair-play nos dejan
contentos. Como para no estarlo.
Pero
muerta España, llegaban los cuartos. Y es lo bonito del Mundial: las
selecciones se van, pero tú te quedas y, como todo en la vida, tomas partido
con el equipo que más te cae simpático o, lo que es lo mismo, hateas al que
tiene las estrellas del equipo al que odias. A partir de ahí, vives con
intensidad cada minuto, gritas el gol de Kroos, te tiras de los pelos con Sampaoli
(porque él no puede), disfrutas del contragolpe de Bélgica y das vueltas como Neymar.
Hay
miles de formas de vivir un Mundial, pero todas pasaron por un sonido: el del
mejor narrador de todos los tiempos. Todos los
españoles suspiraban cada día porque llegaran las ocho de la tarde para escuchar a Carreño. No aprendías un huevo de fútbol, es cierto, pero acababas el partido sabiéndote de memoria la parrilla de Mediaset, disfrutando del embarazo de la Rebe y descubriendo el secreto de Paula. Todo ello escoltado por un Camacho que también quiso dejar sus perlas. Vamos a recrearnos en algunas de ellas:
- “Giroud es un delantero atípico. No lleva gol”. No tan atípico, que se lo digan a Benzemá
- “Sabíamos cuál iba a ser el primer partido del Mundial por el sorteo, pero no la final”. Se equivoca, Roncero sí lo sabía.
- “Se va, se va (el balón)”. La jugada acabó en penalti contra España.
- “España quiere jugar por tríos”. Encima, salido.
- “Han saltado espontáneos al campo vestidos de policías”. Impecable
- “No hay que ser catastróficos hasta que se produzca la catástrofe”. Él también se lo temía.
Aunque,
con todo, fue divertido y se echará de menos. Toca levantarse y ver que Francia no
juega a las dos, pensar que Arabia Saudí y Egipto ya no se colarán en tus siestas y que
esas quedadas con amigos al anochecer seguirán surgiendo a lo largo del verano,
pero ya no con el partido que, aunque no te interesara el vencedor, te hacía
disfrutar del fútbol. Al igual que en los Juegos Olímpicos, es algo que ocurre
cada cuatro años pero que, por ende, se disfruta el cuádruple.

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