Capítulo 58
La razón está echada
"Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro, y si no lo sabes, eres un tonto" (Confucio)
No
pasa nada, de verdad. Sé que en este momento te estarás preguntando cómo se te
ha podido pasar otro año más y te reconcomes porque no vas a abandonar la lista
negra. Te entiendo, pero ya es diez de julio, no hay vuelta atrás.
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| La ruleta... ese elemento de perdición |
Y
os preguntaréis, ¿con veintiuno, qué? Pues, sinceramente, debo de seguir igual
de trastornado porque, por segundo año consecutivo, dedico los primeros minutos
de mi nuevo año a escribir en este portal que ni me va a sacar de pobre ni me
va a dar fama, pero que servirá para amenizarle a más de uno estas noches de
verano, algunas pletóricas, otras insípidas, y otras, en el Luckia.
Sí
amigos. Esas madrugadas a la luz de la luna cazando Pikachus y acorralando
charmanders pasaron a la historia. Ya no hay nada como entrar en uno de estos
locales que se han convertido en el nuevo punto de reunión de los chavales para
dejarse llevar durante un rato, inconscientemente de lo que eso conlleva.
Hablamos de una de las prácticas más novedosas de los últimos tiempos en los jóvenes,
hasta el punto de que en Madrid ya hay una por cada diez habitantes: las casas
de apuestas.
Qué
sensación de poderío genera desde que entras por esa puerta. La máquina te
espera ansiosa a que la toques como si no hubiera un mañana (eso dijo ella) y
para que metas una de esas combinadas imposibles que nunca van a salir. Es más
fácil que Roncero acierte una primitiva. Y además lo sabes, pero como juegas un
euro, pues qué más da. A la aventura.
La
mecánica siempre es la misma. Vas metiendo partidos, ves que la cifra de ganancia (ficticia) aumenta, pero va más lenta que Koke reculando, y sientes la necesidad de jugar más resultados.
“Métele
al Bayern, que se paga a 1.30 y gana fijo; Madrid y Valencia marcan ambos
porque no juegan ni Benzemá ni Vietto, y mira a ver que creo que a las nueve
juega el Milan y me ha dicho mi amigo de Erasmus que están en racha”. Todo esto
mientras unos galgos echan carreras en la televisión, cuatro frikis apuestan en directo a mi
lado, lo que me obliga a concentrarme el triple. Al final, siete partidos porque te
has ido hasta de la liga indonesia con la intención, incluso la
certeza, de que se te va a joder antes de llegar al séptimo.
Introduces
el euro, los dos o los cinco, en función de cómo te falle el olfato, lo revisas
siete veces no sea que hayas puesto que el Atlético mete más de dos goles y le
das a ese fatídico botón de imprimir boleto. La suerte está echada y el dinero,
perdido.
Por
ello, es momento de ampliar el círculo. Porque si llega ese momento en el que
por fin te das cuenta de que la suerte no acompaña en el fútbol, ves la luz en
ese corro de pantallas que rodean a esos números provocativos. Es la hora de acudir
a la ruleta: un juego educativo, que sin duda fomenta el intelecto y desarrolla
la capacidad cognitiva de cada uno. Ese instante en el que te tienes que
decidir entre rojo y negro es fatídico; solo está al alcance de grandes pensadores.
Ni siquiera Einstein se sometía a tales dilemas.
Hasta
ahí todo bien, incluso mejor cuando después de oír el ‘no va más’ y ver a la
bolita rodar, el saldo es positivo. Se produce una sensación de euforia,
acompañada de un “vamos a probar otra vez”. Y muy pocas veces la avaricia deja
el saco sin romper.
Porque
puede que a veces uno salga de ese local triunfante, victorioso por haber
logrado volver a casa con más dinero del que salió, pero consciente de que es
ficticio, pues se irá en la próxima sesión.
El juego puede estar bien, hasta que
se convierte en adicción, en algo lúdico. Mirar la cartera, ver que quedan
veinte euros y apostarlos a otra cosa. Veinte o cinco, es lo mismo, porque la
patología no se mide por la cantidad, sino por el grado de disrupción que tenga
el juego en la vida de cada uno.
Y
ante eso es momento de reflexionar si a esta edad la apuesta es la mejor
opción. ¿No hay suficientes
entretenimientos en el siglo XXI que con dieciocho años tu mayor diversión sea
apostar al 35? ¿No sería más conveniente y juicioso gastarse diez euros en una
cena con amigos que en el color negro? Quizás, antes que darle a un botón que
decida el destino de tu paga en los próximos quince segundos igual es mejor
pensar. Sí,
esa palabra mágica tan obsoleta que explica el éxito de esta práctica. Porque,
hoy en día, solo triunfa aquello en lo que no hace falta pensar: el fútbol, los
vídeos, los móviles, y las ruletas.

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