lunes, 9 de julio de 2018

CAPÍTULO 58: La razón está echada

Capítulo 58

La razón está echada



"Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro, y si no lo sabes, eres un tonto" (Confucio)




No pasa nada, de verdad. Sé que en este momento te estarás preguntando cómo se te ha podido pasar otro año más y te reconcomes porque no vas a abandonar la lista negra. Te entiendo, pero ya es diez de julio, no hay vuelta atrás.


La ruleta... ese elemento de perdición

Y os preguntaréis, ¿con veintiuno, qué? Pues, sinceramente, debo de seguir igual de trastornado porque, por segundo año consecutivo, dedico los primeros minutos de mi nuevo año a escribir en este portal que ni me va a sacar de pobre ni me va a dar fama, pero que servirá para amenizarle a más de uno estas noches de verano, algunas pletóricas, otras insípidas, y otras, en el Luckia.



Sí amigos. Esas madrugadas a la luz de la luna cazando Pikachus y acorralando charmanders pasaron a la historia. Ya no hay nada como entrar en uno de estos locales que se han convertido en el nuevo punto de reunión de los chavales para dejarse llevar durante un rato, inconscientemente de lo que eso conlleva. Hablamos de una de las prácticas más novedosas de los últimos tiempos en los jóvenes, hasta el punto de que en Madrid ya hay una por cada diez habitantes: las casas de apuestas

Qué sensación de poderío genera desde que entras por esa puerta. La máquina te espera ansiosa a que la toques como si no hubiera un mañana (eso dijo ella) y para que metas una de esas combinadas imposibles que nunca van a salir. Es más fácil que Roncero acierte una primitiva. Y además lo sabes, pero como juegas un euro, pues qué más da. A la aventura.

La mecánica siempre es la misma. Vas metiendo partidos, ves que la cifra de ganancia  (ficticia) aumenta, pero va más lenta que Koke reculando, y sientes la necesidad de jugar más resultados.

Métele al Bayern, que se paga a 1.30 y gana fijo; Madrid y Valencia marcan ambos porque no juegan ni Benzemá ni Vietto, y mira a ver que creo que a las nueve juega el Milan y me ha dicho mi amigo de Erasmus que están en racha”. Todo esto mientras unos galgos echan carreras en la televisión, cuatro frikis apuestan en directo a mi lado, lo que me obliga a concentrarme el triple. Al final, siete partidos porque te has ido hasta de la liga indonesia con la intención, incluso la certeza, de que se te va a joder antes de llegar al séptimo.

Introduces el euro, los dos o los cinco, en función de cómo te falle el olfato, lo revisas siete veces no sea que hayas puesto que el Atlético mete más de dos goles y le das a ese fatídico botón de imprimir boleto. La suerte está echada y el dinero, perdido.

Por ello, es momento de ampliar el círculo. Porque si llega ese momento en el que por fin te das cuenta de que la suerte no acompaña en el fútbol, ves la luz en ese corro de pantallas que rodean a esos números provocativos. Es la hora de acudir a la ruleta: un juego educativo, que sin duda fomenta el intelecto y desarrolla la capacidad cognitiva de cada uno. Ese instante en el que te tienes que decidir entre rojo y negro es fatídico; solo está al alcance de grandes pensadores. Ni siquiera Einstein se sometía a tales dilemas.

Hasta ahí todo bien, incluso mejor cuando después de oír el ‘no va más’ y ver a la bolita rodar, el saldo es positivo. Se produce una sensación de euforia, acompañada de un “vamos a probar otra vez”. Y muy pocas veces la avaricia deja el saco sin romper.

Porque puede que a veces uno salga de ese local triunfante, victorioso por haber logrado volver a casa con más dinero del que salió, pero consciente de que es ficticio, pues se irá en la próxima sesión. 

El juego puede estar bien, hasta que se convierte en adicción, en algo lúdico. Mirar la cartera, ver que quedan veinte euros y apostarlos a otra cosa. Veinte o cinco, es lo mismo, porque la patología no se mide por la cantidad, sino por el grado de disrupción que tenga el juego en la vida de cada uno.

Y ante eso es momento de reflexionar si a esta edad la apuesta es la mejor opción.  ¿No hay suficientes entretenimientos en el siglo XXI que con dieciocho años tu mayor diversión sea apostar al 35? ¿No sería más conveniente y juicioso gastarse diez euros en una cena con amigos que en el color negro? Quizás, antes que darle a un botón que decida el destino de tu paga en los próximos quince segundos igual es mejor pensarSí, esa palabra mágica tan obsoleta que explica el éxito de esta práctica. Porque, hoy en día, solo triunfa aquello en lo que no hace falta pensar: el fútbol, los vídeos, los móviles, y las ruletas.

Sobra decir que cada cual es responsable de gastar el dinero en lo que estime conveniente. Al fin y al cabo, el dinero no te hace feliz, pero relaja los nervios. Salvo cuando se escapa por esas ranuras hacia una ruleta, ahora con tinte divertido, pero quién sabe si en un tiempo, hacia una ruleta rusa en la que echas la suerte y puedes llegar a perder no solo el dinero, sino también la razón.

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