Capítulo 57
La jodida rutina
"Cuando estés en tu habitación, sentado, frente al pupitre, ya sea trabajando o empollando, mires por la ventana y veas que ya es de noche, tan pronto. Solo en ese momento te acordarás de mí" (La copa de la fotografía)
Cuando en ya no muchas jornadas, mi ojo derecho asome a horas no muy frecuentes para mí en el último trimestre, pensando en que en breves instantes dará comienzo otro curso, y con la única prisa de que acabe cuanto antes, me acordaré de aquella última noche de agosto, sentado, bebiendo, escribiendo con el ruido del mar de fondo. Solo en ese momento me daré cuenta de la felicidad que ahora me inunda.
Al igual que muchos de ustedes, siento hacérselo saber, en pocos días regresarán a eso tan agrio, tan malvado y tan monótono como es la rutina. La dichosa rutina.
[El que será más que probablemente mi primer pensamiento el lunes 18 de septiembre cuando abra ese ojo derecho]:
Suena el escalofriante sonido del despertador, que lo odio. Y eso que llevaba sin sentirle desde el mes de junio. Me despierto, apago el cacharro porque si no empezará a sonar más deprisa, y ahí sí que moriría, y da la casualidad de que no tengo sueño. No sé como lo hago pero el primer día de curso siempre me levanto sin cansancio, me atrevería a decir que hasta con cierto grado de expectación, incluso de entusiasmo. Me vienen a la mente ahora esas cosas...
Empiezo a recordar todas y cada una de las imágenes de ese verano que en este momento confirmo que ya es historia. Aún es pronto para saber que si historia para recordar o para olvidar, supongo que tendré motivos para ambas opciones. Y ahora me doy cuenta de que muchos de ellos, en su momento, pasaron desapercibidos, y me quedo pensando, resignado, que quizá no lo disfruté lo suficiente. En que daría lo que fuera por regresar....
A esa playa. ¡Qué feliz estaba yo! Escuchando mi canción favorita, aunque sea de ese género tan elegante y educado como el trap. Imaginando lo bien que quedaría con el baile de esa chica de enfrente, que se grababa su ingenioso musical.ly. ¡Qué guapa era! Seguramente pegaría con ese chico que conocí este verano. Mi primer amigo pansexual, que reconocía también que tenía parte de sapiosexual, y que admitía a la vez, honestamente, que no sabía en realidad lo que significaba ninguno de los dos términos. ¡Qué genio!
Y lo bien que lo pasé en esa fiesta del pueblo, pero sobre todo, al día siguiente cuando ese amigo al que no le gusta salir me invitó a su casa y me demostró que echando una partida de póker y viendo una serie uno se lo puede pasar mejor incluso que emborrachándose hasta las cuatro de la mañana. Porque además, corres el riesgo de llegar y que ya no te queden excusas que decirle que tu padre. Ese que te dice que tu casa no es un hotel. ¡Qué gran verano pasé también con él!
¡Qué lejos queda eso! Aunque también hubo tiempo para momentos no tan buenos, muchas veces acompañados de soledad. Soledad que, como aprendí, no se combate con más contactos en el móvil, ni con más seguidores en instagram, ni intentando hacer ver a los demás la cantidad de gente que conoces. Ni, por supuesto, dando flores. Menos aún a chicas, ya que corres el riesgo de que te llamen machista, por mostrar ese amor clásico que ahora parece quedar obsoleto.
Siempre será mejor regalarle un spinner. Eso hice yo con esa chica en verano. Seguramente me lo agradezca en un futuro cuando, gracias a ese presente, acabe con un Premio Nobel.
Pero sin duda para mal momento, esa tarde en la que una furgoneta volvió a llevarse por delante a tantas vidas, y esta vez, en Barcelona, más cerca que nunca. Vidas que para muchos, por el simple objetivo de hacer política, pasaron a un segundo plano.
Ahora vuelve el dichoso fútbol. Todos los días. Pero junto a ello, los amigos con quien compartirlo (y sufrirlo). Y hablando de sufrir. Qué gran noche veraniega cuando ese amigo me dijo que a un tuitero le pasaban cosas raras en un hotel. ¡Qué será de Manuel! Aunque ya supiera que no, que era mentira, que lo único raro que sucedía era que sus vídeos lograban más likes que el gallo de Manel. Aunque eso no fue en verano, no sé por qué me viene a la mente ahora. La verdad es que... ¡Ostras, el bus!
Llega el crudo invierno, los estudios, los días con menos luz, los desayunos deprisa y corriendo, los cafés amargos entre clase y clase, los chocolates con churros de los domingos, las quedadas con abrigo y bufanda y los "yo hoy no salgo que hace frío". Supongo que es lo que toca. Llegará el día en que echemos de menos ese mojito, esas charlas nocturnas con esa persona tan especial, esas vistas al mar, ese resentido escribiendo cada cuatro días, esa copa... Llegará ese momento. En el que despierte nuestro ojo derecho y, tras unos segundos de recuerdo, admitamos que sí. Que llegó. La dichosa rutina. Y también jodida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta si estás de acuerdo con el artículo