Capítulo 61
No estudies Periodismo
"El Periodismo es como el café: hay que servirlo rápido, endulzarlo lo justo y no estropearlo con mala leche" (Ramón Salaverría)
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| ¡Qué miedo da estudiar Periodismo! |
Entiendo
que cinco días sin saber de mí os haya causado preocupación. Pero debéis
disculparme. Afronto una etapa de mi vida demasiado ajetreada, por culpa de un
libro que me tiene abducido. Tiene como nombre 'Manual del Permiso B' y es más
largo que el eructo de una jirafa. Pero lo peor no es la pesadez de estudiarlo,
sino su nula utilidad. Tienen más uso las instrucciones de una caja de petardos que
la teoría del carnet de conducir. ¿Hay alguien que realmente aplique lo que
estudia cuando se sitúa frente al volante? ¿Hay alguno de vosotros que sepa el
reglamento de los remolques de los ciclomotores? Conviene hacerse esas preguntas.
Pero
hay algo más triste aún. Y es darse cuenta de que, dentro de la inoperancia y
la somnolencia que produce estudiar esto, es incluso, no sé si más interesante,
pero sí más productivo que la carrera que cursas. Eso sí que es desazón, que
conscientemente comparten personas cercanas a mí, a quienes dedico el artículo.
El
Periodismo es maravilloso, y creedme, lo digo en serio. Pero hoy vengo a deciros
que no lo estudiéis y, como buen periodista, traigo argumentos, espero que convincentes.
En
primer lugar, es momento de desmontar dos mitos relacionados con esta carrera:
antes se entraba por vocación, ahora un gran porcentaje se cuela porque no le
da la nota para otra cosa o, por qué no decirlo, para tener algo con lo que acompañar la fiesta durante cuatro años más.
También
digo que es difícil encontrar esa vocación cuando ellos no ponen de su parte.
Cuando dan una hora de cada cuatro, cuando su clase más “magistral” se resume
en la proyección de un documental que no tiene nada que ver con lo enseñado,
cuando se manda un trabajo cada semana cuya nota pasa al ostracismo sin conocerse o cuando para
conocer a los compañeros se busca descubrir su inédito superpoder.
Desde luego, eso no ayuda a conseguir el objetivo, que no es otro que salir de
la facultad siendo periodistas, o al menos aparentar serlo. Qué fácil suena y qué difícil se antoja.
Bien
es verdad que tampoco nos matamos por ello, pues con estilo y elegancia, nada
supera a la vagancia, pero propician a ello. No es tarea baladí desarrollar
un grado previsiblemente práctico (el segundo mito) cuando más de dos tercios de los conocimientos exigidos son teóricos. ¿Es coherente disponer de tan solo un cuatrimestre en todo el grado de la asignatura de
Radio cuando se dispone de un estudio radiofónico tan completo? ¿A alguien le entra en la cabeza?
Esa
materia junto a Televisión, dos de las bases fundamentales, ocupan un 7%
de toda una carrera. Misma proporción que abarca el tener que realizar cortos
audiovisuales, problemas matemáticos sobre el PIB, el estudio de las aguas marinas de Relaciones
Internacionales, y menos de la mitad del total de horas de Historia. Desde
luego, todo muy práctico.
Y,
con todo ello, surge la desmotivación, aunque realmente esto sea secundario. Al
fin y al cabo el objetivo prioritario de la mayoría es aprobar, y en Periodismo
se aprueba, aunque haya que currar quizás dos, tres o incluso cuatro días al
mes. Pero para el resto, quienes esperan salir y encontrar un trabajo -que
ahora mismo resulta una quimera- no les queda otra que afrontar el cruel destino
de buscarse la vida.
O
eso o pasar las horas sentado en una de esas mesas de cristal, tomando ese café
más rancio que la manteca revenida, comiendo patatas fylo. Todo eso en plena
reunión de “equipo” de trabajo, de esas que sabes que vas a salir con el power point sin hacer para tener que hacerlo en casa. Hay clases de MAC bastante más
efectivas que esas quedadas, y ya es decir.
Y así llegas a casa y te preguntas qué has aprendido, te sulfuras de que al día
siguiente te espera otro debate del mismo tema que el día anterior, del que ya
todos sabemos lo que piensa cada uno, y te percatas de que estás más cerca de
ser economista, abogado, mecánico de Fasa o ingeniero aeronáutico que de llegar
a ser un buen periodista (porque periodista a secas hoy en día cualquiera puede serlo, hasta yo).
Es
triste, pero que nadie se llame a engaño. El periodismo es una profesión fascinante,
la mejor a mi gusto. Por eso la estudio y la practico –dentro de mis trastornos
no entra el masoquismo de estudiar lo que no me atrae– y, pese a este
descontento, lo mantengo. Gracias a las prácticas, a mi trabajo, me he dado
cuenta de lo bonito que es este oficio y, a su vez, la distancia abismal que
existe entre la vida real y las cuatro paredes del aula.
Pero
nada puede quitar la ilusión a una persona que sueña con ser periodista. Y quería terminar con una comparación, muy afortunada con lo dicho anteriormente. Julio Camba compara ser periodista con ser un calamar: ambos se defienden
con la tinta y pueden coger el color que más les convenga. El problema radica en que
dentro de poco los calamares en tinta aparecerán con tonos blancos en nuestras
mesas y ya no valdrá la pena comerlos. Y gran parte de la culpa la habrá tenido
también quienes no supieron cocinarlos.
Estamos
a tiempo de cambiarlo.

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