Capítulo 43
Los juegos de Río... y sufro
“En los juegos olímpicos, para ganar, no es necesario llegar primero”
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| Mireia Belmonte gana el oro en los J.J.O.O Río 2016 |
Cada
cuatro años hay uno que es bisiesto. Y créanme, no lo digo solo yo, así que debe de ser verdad. Cada cuatro
años hay uno que trae consigo un día más, por si no nos parecen suficientes
365. Todos relacionan el año bisiesto con el 29 de febrero, pero yo para
variar, no. Lo relaciono con un acontecimiento que también se produce cada
cuatro, pero que no dura un día: Los Juegos Olímpicos.
En
lo que llevo de existencia, he tenido la fortuna de encontrarme ya con cinco
juegos olímpicos (o ellos conmigo): los de Sydney 2000, cuando aún no tenía uso
de conocimiento; los de Atenas 2004, cuanto tenía uso, pero poco; China 2008,
empecé a conocer lo que era el medallero; y Londres 2012, cuando empecé a
conocer la mecánica de los juegos. Pero este año todo fue diferente. Por fin
descubrí lo que era en realidad DISFRUTAR de la olimpiada.
No
nos engañemos. Los amantes del deporte, a pocas fechas de comenzar los juegos
decimos… “voy a ver cuándo es la final de básket, de tenis y, en todo caso, de
los 100 metros lisos si no me pilla muy tarde”. Eso pensamos, ingenuos de
nosotros. Todo es hasta que uno se pone, como todo. Hay dos formas de ver los
juegos:
Una
consiste en disfrutarlos: ver las
pruebas que te gustan y gozar viendo la calidad de los olímpicos que las
practican, que es enorme. Disfrutar viendo la gimnasia rítmica, admirar a las
chicas de la sincronizada, o quedarse boquiabierto con los que saltan desde el
trampolín. Sea quien sea el país, lo importante es pasarlo bien.
La
otra forma, es la de sufrir: la mía
y la de muchos ya que, como suelo insistir, el hombre es masoca por naturaleza.
Consiste en ver en qué compiten cada día los de tu país (en este caso, los
españoles) y programarte el día para que te pille en casa. Ya puede uno no tener
una simple idea del deporte que es, ni mucho menos conocer quién es el que lo
practica. Da igual la prueba y la modalidad. Lo importante es si hay españoles
(que hay muchos españoles) y animarlos, y si consiguen una medalla se celebra, aunque al
día siguiente lo borres de tu retina.
“Hoy
tenemos vela a las 14.00, natación a las 18.00, Gasol y los suyos juegan a las
19.15, y un español de origen puertorriqueño lanza la jabalina cuando deje de
llover y sequen la pista”. Eso resume ser fan de las olimpiadas. ¡Qué más da
que haga piruetas o juegue a la petanca! Para un buen español que le guste el
deporte en profundidad, en estos doce días que duran los juegos, todo es igual
de importante.
Este
martes, las chicas de baloncesto jugaban su partido de cuartos de final. Si
ganaban, pasaban a ‘semis’ y, en consecuencia, a luchar por las medallas.
Faltaba un cuarto y en ese momento llegaba a casa de mi hermano. Perdíamos de
ocho, encendí la tele para ver (sufrir) el final. Nada más encenderlo mi
hermano me dice: “¿El baloncesto femenino? Vaya bobada. Seguro que mañana sale
en la tele que eres el único que lo está viendo”. Poco más de 10 minutos más
tarde, metíamos una canasta en el último segundo que nos daba el pase. Él (mi
hermano), mi padre, mi sobrino de 6 años y yo nos fundíamos en un abrazo
celebrándolo como si fuera la final de la Champions. Eso son las olimpiadas, y
eso a mí me emociona. El sentimiento de conmoción que nos invade cuando un
español gana una medalla es indescriptible.
Pero
estos juegos en concreto nos han enseñado multitud de cosas: la selección de
basket nos han enseñado a que por mucho que se empiece mal, siempre hay tiempo
para remontarlo y casi llegar a la final. Marcus Waltz, pese a llegar a RIO
pensando ya casi en los siguientes juegos, nos ha demostrado que todo es
posible tras el oro que obtuvo. Hamblin y D´Agostino, al levantarse mutuamente
en su carrera de atletismo, hicieron ver
al mundo lo que es el espíritu olímpico: lo importante es participar, las
personas antes que las medallas.
Y
Nadal… ¡qué decir de Rafa Nadal! Hace poco alguien me dijo: “deberías escribir
algo de Nadal porque yo no soy capaz de decir con palabras lo que es este tío”.
Y la pregunta es… ¿y quién sí? Posiblemente ni el mismo. Pero haré un humilde
intento. Nunca he conocido un deportista con la fe, la garra y la valentía de
este hombre. Y al mismo tiempo, tampoco había sufrido nunca tanto con un
jugador. Como dice Mecano, los ‘españolitos’ hacemos por una vez algo a la vez, que es
comernos las uvas. Lo segundo, que no lo incluyó, tal vez porque no cabía la
letra, o bien porque el argumento de la misma no venía mucho a cuento, es
SUFRIR por el mejor deportista español de todos los tiempos. Alguien capaz de
perder tres juegos seguidos y después ganar cuatro, capaz de estar meses sin
competir, y ganar un oro olímpico, capaz de animar al más pesimista y avivar
los pensamientos del más positivo. A Nadal le puedes decir cosas buenas y
malas, pero si me permiten un consejo, nunca le den por muerto. Yo a veces lo
hago, y me arrepiento. Si se sientan en su sofá a ver a Nadal, estén preparados
para sufrir y disfrutar, que es algo imposible de no hacer con él.
Hoy
decimos adiós a los Juegos Olímpicos de Río, que han repartido alegrías y
tristezas a raudales, sobre todo nosotros. Viviendo oros inesperados como el de
Maialen en aguas bravas, o una medalla en baloncesto a femenino, o en
halterofilia, pero también sintiéndonos tristes por los múltiples diplomas
olímpicos que rozaron el podio. Llorando por Nadal, por la vela, por quedarnos
a 21 milésimas en una carrera de piraguas. Eso es lo bonito. Porque solo ganar
no te enseña a saber perder, y solo perder no te enseña a saber ganar. Así es
el deporte, y ambas cosas son imprescindibles para competir. Para jugar como Murray,
para correr como Bolt, para hacer gimnasia como Simone Biles o para gritar como
Marín hace falta competir, y no precisamente poco. Nos acostumbramos a que no
llegar al bronce simboliza un fracaso, y no vemos lo que hay detrás, que son
muchas victorias, y sobre todo, muchas derrotas que muestran el camino.

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